El lector comun
El lector comun Resulta bastante sencillo decir que, puesto que los libros se dividen en clases —ficción, biografÃa, poesÃa—, debiéramos separarlos y tomar de cada uno solamente lo debido. Sin embargo pocas personas piden a los libros lo que estos pueden darnos. La mayorÃa de las veces llegamos a los libros con la mente confusa y dividida, exigiendo a la ficción que sea verdad, a la poesÃa que sea falsa, a la biografÃa que sea aduladora, a la historia que refuerce nuestros propios prejuicios. Si pudiéramos desterrar todas esas ideas preconcebidas cuando leemos, serÃa un comienzo admirable. No le dictemos al autor; intentemos convertirnos en él. Seamos sus compañeros de trabajo y sus cómplices. Si nos retraemos y mostramos reparos y crÃticas al principio, nos estamos impidiendo sacar el mayor provecho posible de lo que leemos. Pero si abrimos la mente al máximo, entonces unos signos e indicios de hermosura casi imperceptible, al cabo de las primeras frases, nos llevarán ante la presencia de un ser humano como ningún otro. Debemos imbuirnos de esto, familiarizarnos con esto, y pronto encontraremos que el autor nos está dando, o intentando darnos, algo mucho más concreto. Los treinta capÃtulos de una novela —si consideramos primero cómo leer una novela— son un intento de construir algo tan estructurado y controlado como un edificio: pero las palabras son más impalpables que los ladrillos; leer es un proceso más largo y complicado que ver. Quizá la forma más rápida de comprender los principios de lo que un novelista está haciendo no es leer, sino escribir; hacer uno mismo el experimento con los peligros y dificultades de las palabras. Evoquemos, pues, algún suceso que nos haya dejado una nÃtida impresión: cómo a la vuelta de la esquina, quizá, pasamos junto a dos personas que conversaban; un árbol se agitaba; una luz eléctrica brincaba; el tono de la conversación era cómico, pero también trágico; una visión completa, toda una idea, parecÃa contenida en ese momento.