El lector comun
El lector comun Pues ninguno de estos dramaturgos tenÃa la licencia que pertenece al novelista y, hasta cierto punto, a todos los escritores de libros impresos, de modelar su significado con una infinidad de ligeros toques que sólo se pueden aplicar apropiadamente leyendo en silencio, con atención, y en ocasiones hasta dos o tres veces. Cada frase tiene que explotar al alcanzar el oÃdo, por más lenta y hermosamente que las palabras puedan descender después, y por más enigmático que pueda ser su sentido último. Ningún esplendor o riqueza de metáfora podrÃa haber salvado Agamenón si imágenes o alusiones de lo más sutil o decorativo se hubieran interpuesto entre el grito desnudo y nosotros.
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TenÃan que ser, a cualquier precio, dramáticas.