El lector comun
El lector comun Pero el invierno caía sobre estas aldeas, la oscuridad y el frío extremo descendían sobre la ladera de la colina. Debió de haber algún lugar bajo techo adonde los hombres se pudieran retirar, tanto en lo más crudo del invierno como en los calores del verano, donde pudieran sentarse y beber, donde pudieran tumbarse a sus anchas, donde pudieran conversar. Es Platón, por supuesto, quien revela la vida de puertas adentro y describe cómo, reunida una partida de amigos y tras comer sin el menor lujo y beber un poco de vino, un mozo bien parecido se aventuraba a hacer una pregunta o refería una opinión, y Sócrates la recogía, la toqueteaba, le daba vueltas, la miraba así y asá, la desnudaba rápidamente de sus incoherencias e inexactitudes, y conducía a todos los presentes, gradualmente, a contemplar con él la verdad. Es un proceso agotador; concentrarse arduamente en el significado exacto de las palabras; juzgar lo que implica cada reconocimiento; seguir, atenta pero críticamente, la disminución y el cambio de opinión a medida que se endurece y se intensifica hasta convertirse en la verdad. ¿Son lo mismo el placer y el bien? ¿Puede enseñarse la virtud? ¿Es la virtud conocimiento? La mente cansada o débil puede equivocarse con facilidad mientras el despiadado interrogatorio prosigue; pero nadie, por débil que esté, ni aun cuando no aprendiera más de Platón, puede dejar de amar más y mejor el conocimiento. Pues a medida que el razonamiento asciende peldaño a peldaño, Protágoras cediendo, Sócrates avanzando, lo que importa no es tanto el fin que logramos como nuestra manera de lograrlo. Eso todos lo pueden sentir —la indomable honestidad, el valor, el amor a la verdad que atrae a Sócrates y a nosotros tras él a la cumbre, donde, si también nosotros podemos estar por un instante, es para gozar de la mayor felicidad de la que seamos capaces.