El lector comun
El lector comun Si esto es asÃ, si leer un libro como deberÃa leerse requiere las cualidades más excepcionales de imaginación, perspicacia y juicio, quizá podamos llegar a la conclusión de que la literatura es un arte muy complejo y que es improbable que seamos capaces, ni siquiera tras toda una vida de lectura, de contribuir con algo valioso a su crÃtica. Debemos seguir siendo lectores; no nos investiremos con la gloria que pertenece a esos raros seres que son también crÃticos. Pero aun asà tenemos nuestras responsabilidades como lectores e incluso nuestra importancia. Los parámetros que establecemos y los juicios que expresamos se escabullen sigilosamente por el aire y pasan a formar parte de la atmósfera que respiran los escritores cuando trabajan. Se crea un influjo que les afecta aunque no encuentre nunca el camino de la imprenta. Y ese influjo, si estuviera bien instruido, fuera enérgico e individual y sincero, podrÃa ser de gran valor ahora que la crÃtica está necesariamente en desuso; cuando se pasa revista a los libros como si fueran una procesión de animales en una galerÃa de tiro, y el crÃtico dispone solamente de un segundo para cargar, apuntar y tirar, con razón se le puede perdonar si confunde conejos con tigres, águilas con aves de corral, o si yerra por completo y desperdicia su tiro con alguna pacÃfica vaca que pace en un prado apartado. Si detrás del errático fuego de la prensa el autor sintiera que hay otra clase de crÃtica, la opinión de la gente que lee por amor a la lectura, lenta y no profesional mente, y juzgando con una gran comprensión, y sin embargo con gran severidad, ¿no podrÃa esto mejorar la calidad de su obra? Y si gracias a nosotros los libros pudieran llegar a ser más robustos, más ricos y más variados, ese serÃa un fin digno de alcanzar.