El lector comun
El lector comun Pero hemos de ser cautos. A Sócrates no le interesaba la «mera hermosura», con lo que quería decir, tal vez, la belleza como ornamento. Un pueblo que tanto juzgaba con el oído como los atenienses, sentados al aire libre en la representación o escuchando un pleito en el mercado, era mucho menos hábil que nosotros para cortar las frases y apreciarlas fuera de su contexto. Para ellos no existían las hermosuras de Hardy, las hermosuras de Meredith, las sentencias de George Eliot. El escritor tenía que pensar más en el conjunto y menos en el detalle. Naturalmente, viviendo en el campo, no era el labio o el ojo lo que les impresionaba, sino el porte del cuerpo y la proporción de sus miembros. Así que cuando citamos y extraemos pasajes, causamos más daño a los griegos que a los ingleses. Hay una desnudez y una aspereza en su literatura que irrita un paladar acostumbrado a la complejidad y al acabado de los libros impresos. Tenemos que distender la mente para captar un conjunto completamente falto de preciosismo en el detalle o de énfasis de la elocuencia. Acostumbrados a mirar directamente y a grandes rasgos, más que de un modo minucioso y sesgado, no les resultó peligroso adentrarse en lo más profundo de las emociones que ciegan y confunden a una época como la nuestra. En la inmensa catástrofe de la guerra europea tuvieron que desmantelar nuestras emociones por nosotros y apoyarlas contra la pared de enfrente antes de que pudiéramos permitirnos sentirlas en poesía o narrativa. Los únicos poetas que hablaron a propósito de ella lo hicieron de la forma soslayada y satírica de Wilfred Owen y Siegfried Sassoon. No les fue posible ser directos sin perder fluidez; o hablar con sencillez de la emoción sin ponerse sentimentales. Pero los griegos podían decir, como si fuera la primera vez: «Aun siendo muertos no han muerto». Podían decir: «Si morir noblemente es la parte principal de la excelencia, a nosotros sobre todos los hombres nos ha dado la Fortuna esta suerte; pues apresurándonos a ponerle una corona de libertad a Grecia nos encontramos en poder de una alabanza que no envejece».[11] Podían marchar de inmediato, con los ojos abiertos; y así, intrépidamente afrontadas, las emociones se quedan quietas y permiten que se las contemple.