El lector comun

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Pero de nuevo (la pregunta vuelve una y otra vez), ¿estamos leyendo el griego como se escribió cuando decimos esto? Cuando leemos esas pocas palabras talladas en una lápida, una estrofa de un coro, el final o el comienzo de un diálogo de Platón, un fragmento de Safo, cuando nos magullamos la cabeza contra alguna metáfora tremenda de Agamenón en vez de despojar la rama de sus flores al instante como hacemos al leer Lear, ¿no estamos leyendo incorrectamente, perdiendo agudeza visual en una bruma de asociaciones, interpretando erróneamente en la poesía griega no lo que ellos tienen, sino lo que a nosotros nos falta? ¿No se acumula toda Grecia detrás de cada verso de su literatura? Nos abren las puertas de una visión de la tierra aún no devastada, el mar impoluto, la madurez, ejercitada pero ilesa, de la humanidad. Cada palabra se ve reforzada por un vigor que brota del olivo y del templo y de los cuerpos de los jóvenes. Sófocles no tiene más que nombrar al ruiseñor, y él canta; no tiene más que llamar a la floresta Image, «no hollada», e imaginamos las ramas torcidas y las violetas color púrpura.[12] Una y otra vez se nos atrae hasta sumirnos en lo que, tal vez, sólo sea una imagen de la realidad, no la realidad misma, un día de verano imaginado en el corazón de un invierno septentrional. Fundamental entre estas fuentes de glamour, y tal vez de malentendidos, es el lenguaje. No podemos nunca esperar captar todo el alcance de una frase en griego como lo hacemos en inglés. No lo podemos oír, ora disonante, ora armonioso, lanzando su sonido verso a verso por la página. No podemos captar infaliblemente una por una todas estas diminutas señales que hacen que una expresión sugiera, cambie, viva. No obstante, el lenguaje es lo que nos tiene más esclavizados; el deseo de aquello que nos atrae perpetuamente. Primero está lo compacto de la expresión. Shelley necesita veintiuna palabras en inglés para traducir trece palabras del griego: ImageImage («… pues todos, aunque antes fueran siempre harto indisciplinados, se convierten en poetas tan pronto como les toca el amor»).[13]


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