El lector comun
El lector comun Se ha eliminado cada onza de grasa, dejando la carne firme. Después, enjuta y desnuda como está, ningún idioma se puede mover más rápidamente, bailando, agitándose, plenamente vivo, pero controlado. Luego están las palabras en sà a las que, en tantos casos, hemos hecho expresar nuestras propias emociones,
…[14]— por tomar las primeras que tenemos a la mano—; tan claras, tan duras, tan intensas que para hablar de un modo sencillo pero apto, sin difuminar el contorno o enturbiar las profundidades, el griego es la única expresión. Es inútil, entonces, leer griego en traducciones. Los traductores no pueden ofrecer sino un vago equivalente; su idioma está forzosamente lleno de ecos y asociaciones. El profesor Mackail dice «macilento» y se evoca al instante la era de Burne-Jones y Morris. Tampoco puede mantenerse, ni siquiera en manos del erudito más diestro, el acento más sutil, el vuelo y la caÃda de las palabras:
… tú que en tu tumba de rocas, ay, ay, incesantemente lloras[15]
