El lector comun
El lector comun Todo ello son dificultades, fuente de malentendidos, de pasión distorsionada y romántica, servil y esnob. Aun asÃ, incluso para los ignorantes subsisten algunas certezas. El griego es la literatura impersonal; es también la literatura de las obras maestras. No hay escuelas; no hay predecesores; no hay herederos. No podemos seguir la pista a un proceso gradual que opera en muchos hombres de manera imperfecta hasta que se expresa al fin adecuadamente en uno de ellos. De nuevo, la literatura griega tiene siempre ese aire de vigor que impregna una «época», sea esta la de Esquilo, la de Racine o la de Shakespeare. Una generación al menos, en ese tiempo afortunado, recibe el soplo para convertirse en escritores del más alto grado; para alcanzar ese no ser consciente que significa que la conciencia está estimulada al máximo; para sobrepasar los lÃmites de los pequeños triunfos y experimentos provisionales. Asà tenemos a Safo con sus constelaciones de adjetivos; a Platón atreviéndose con extravagantes vuelos de poesÃa en medio de la prosa; a TucÃdides, constreñido y contraÃdo; a Sófocles deslizándose como un banco de truchas con suavidad y en silencio, aparentemente inmóvil y, después, con un aleteo, desapareciendo; mientras que en la Odisea tenemos lo que continúa siendo el triunfo de la narrativa, la historia más clara y al mismo tiempo más romántica del destino de hombres y mujeres.