El lector comun

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De este modo, cada uno de estos muchachos y muchachas tiene el mundo por delante y una batalla que librar en solitario. La situación así creada era totalmente del agrado de Defoe. Desde su mismo nacimiento o con seis meses de tregua a lo sumo, Moll Flanders, la más distinguida de ellos, se ve acosada por «el peor de los demonios, la pobreza», forzada a ganarse la vida tan pronto como supo zurcir, arrastrada de un sitio para otro, no reclamaba a su creador la sutil atmósfera doméstica que era incapaz de proporcionarle, pero recurría a él para todo lo que él supiera sobre gentes y costumbres extrañas. De entrada se ve cargada con el peso de demostrar su derecho a existir. Tiene que depender enteramente de su propio tino y sentido común, y enfrentarse a cada emergencia cuando surge con la regla general de una moralidad que ella se ha forjado en su cabeza. El dinamismo de la historia se debe en parte al hecho de que, habiendo transgredido las leyes aceptadas a una edad muy temprana, ha tenido desde entonces la libertad del marginado. El único acontecimiento imposible es que siente la cabeza y viva con holgura y seguridad. Pero desde el primer momento el genio peculiar del autor se hace valer y evita el peligro evidente de la novela de aventuras. Nos hace comprender que Moll Flanders era una mujer por cuenta propia, y no únicamente material para una sucesión de aventuras. Prueba de ello es que empieza, igual que empieza Roxana, por enamorarse apasionadamente aunque de manera desafortunada. Que ella deba sobreponerse y casarse con otro hombre y mirar mucho por su situación y sus perspectivas no desmerece su pasión, sino que debe achacarse a la carga de su nacimiento; y, como todas las mujeres de Defoe, es una persona de recio entendimiento. Puesto que miente sin miramientos cuando le resulta útil, hay algo innegable en su verdad también cuando la cuenta. No tiene tiempo que perder en refinamientos de afecto personal; una lágrima cae, se permite un momento de desesperación y, después, «que siga la historia». Tiene un espíritu al que le gusta hacer frente a la tormenta. Se deleita ejercitando sus propias facultades. Cuando descubre que el hombre con el que se ha casado en Virginia es su propio hermano, se siente violentamente contrariada; insiste en dejarle; pero en cuanto pone el pie en Bristol, «me distraje yendo a Bath, porque como todavía distaba de ser vieja, mi humor, que siempre fue alegre, siguió siéndolo en extremo». Desalmada no es, ni nadie puede acusarla de fatuidad; pero la vida le encanta, y una heroína que vive nos arrastra a todos. Además, su ambición tiene esa fina veta de imaginación que la sitúa en la categoría de las pasiones nobles. Astuta y práctica por necesidad, se ve no obstante perseguida por un deseo de romance y por la cualidad que a sus ojos hace de un hombre un caballero. «Él tenía realmente un espíritu galante y eso fue aún más doloroso para mí. Algo consuela si cabe que nos arruine un hombre de honor en vez de un sinvergüenza», escribe cuando ha engañado a un salteador de caminos sobre la cuantía de su fortuna. Resulta acorde con su carácter que se sienta orgullosa de su pareja final, porque este se niega a trabajar cuando llegan a las plantaciones y prefiere cazar, y que le agrade comprarle pelucas y espadas con empuñadura de plata «para que pareciera, como era en realidad, un caballero muy refinado». Su amor por el tiempo caluroso es acorde también, como la pasión con la que besa la tierra que su hijo había hollado, y su noble tolerancia con cualquier clase de falta mientras no sea «una completa bajeza de espíritu, imperiosa, cruel e implacable cuando se está en lo más alto, abyecta y vil cuando se está abajo». Para el resto del mundo ella no tiene sino buena voluntad.


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