El lector comun
El lector comun Puesto que no hemos agotado en absoluto la lista de cualidades y gracias de esta vieja y curtida pecadora, podemos comprender con razón por qué esa vendedora de manzanas de Borrow en el puente de Londres la llamaba «bendita Mary» y estimaba su libro por encima de todas las manzanas de su puesto; y por qué Borrow, llevándose el libro al reservado, lo leyó hasta que le dolieron los ojos.[19] Pero hacemos hincapié en estas muestras de su carácter únicamente para probar que el creador de Moll Flanders no era, como se le ha acusado, un simple periodista que consigna literalmente sucesos, sin idea alguna de la naturaleza de la psicologÃa. Es verdad que sus personajes toman forma y sustancia por su cuenta, como si lo hicieran a pesar de su autor y no del todo al gusto de este. Él nunca prolonga o subraya ningún aspecto de sutileza o de patetismo, sino que sigue adelante imperturbable como si hubieran llegado allà sin su conocimiento. Un toque de imaginación, como ese en el que el prÃncipe se sienta junto a la cuna de su hijo y Roxana observa cómo «le gustaba mirarlo cuando estaba dormido», parece significar mucho más para nosotros que para él. Después de la disertación, curiosamente moderna, sobre la necesidad de comunicar los asuntos importantes a una segunda persona, como el ladrón en Newgate, no sea que hablemos de ellos en sueños, se disculpa por su digresión. Parece haber introducido a sus personajes tan profundamente en su mente que los vivió sin saber con exactitud cómo; y, como todos los artistas inconscientes, deja más oro en su obra de lo que su propia generación fue capaz de sacar a la superficie.