El lector comun
El lector comun Hermanos y hermanas debieron de haberse reído cuando Jane leyó en voz alta su última arremetida contra los vicios que todos aborrecían: «Muero como mártir de mi pena por la pérdida de Augustus. Un vahído fatal me ha costado la vida. Cuídate de los vahídos, querida Laura … Enloquece tanto como quieras, pero nunca te desmayes…». Y siempre presurosa, tan rápido como era capaz de escribir y más veloz de lo que le permitía la ortografía para contar las increíbles aventuras de Laura y Sophia, de Philander y Gustavus, del caballero que conducía un carruaje entre Edimburgo y Stirling en días alternos; del robo de la fortuna que se guardaba en el cajón de la mesa, de las madres famélicas y los hijos que hacían de Macbeth. Sin duda, la historia debió de provocar una risa escandalosa en la sala de estudios. Y, sin embargo, no hay nada más obvio que el hecho de que esta muchacha de quince años, sentada en su rincón privado del salón común, no estaba escribiendo para hacer reír a su hermano y sus hermanas ni para consumo doméstico. Estaba escribiendo para todo el mundo, para nadie, para nuestra época, para la suya; en otras palabras, incluso a esa edad temprana Jane Austen ya estaba escribiendo. Se oye en el ritmo, el buen acabado y la intensidad de las oraciones: «No era más que una joven sencilla, afable, cortés y agradecida; como tal, apenas nos podría disgustar: era sólo objeto de desdén». Semejante frase está pensada para sobrevivir a las vacaciones navideñas. Llena de vida, natural, muy divertida, rayana con libertad en el puro absurdo, todo eso es Amor y amistad; pero ¿cuál es esa nota que nunca se une al resto, que suena clara y penetrante por todo el libro? Es el sonido de la risa. La quinceañera, en su rincón, se está riendo del mundo.