El lector comun
El lector comun Las quinceañeras siempre se están riendo. Ríen cuando el señor Binney se sirve sal en vez de azúcar. Casi se mueren de risa cuando la vieja señora Tomkins se sienta encima del gato. Pero al instante se echan a llorar. No tienen una morada fija desde donde vean que hay algo eternamente irrisorio en la naturaleza humana, alguna cualidad en hombres y mujeres que suscite siempre nuestra sátira. Desconocen que lady Greville, que desaira, y la pobre Maria, que sufre un desaire, son los distintivos permanentes de todo salón de baile. Pero Jane Austen lo sabía ya desde su nacimiento. Muy probablemente, una de esas hadas que se posan sobre las cunas le diera un paseo volando por el mundo apenas nació. Cuando la dejaron de nuevo en la cuna, no sólo sabía cómo era el mundo, sino que había elegido ya su reino. Estaba de acuerdo en que, de gobernar ese territorio, ella no codiciaría otro. Así, a los quince años tenía pocas impresiones falsas de otras personas y ninguna de ella misma. Cualquier cosa que escribe se concluye, se le da la vuelta y se coloca no en relación con la casa parroquial, sino con el universo. Ella es impersonal; es inescrutable. Cuando la escritora, Jane Austen, recogió un poco de la conversación de lady Greville en la escena más extraordinaria del libro, no queda rastro alguno de ira por el desaire que la hija del clérigo, Jane Austen, una vez recibiera. Su mirada pasa directamente al punto marcado, y sabemos precisamente dónde está esa marca en el mapa de la naturaleza humana. Lo sabemos porque Jane Austen fue fiel a su pacto; nunca sobrepasó sus límites. Nunca, ni siquiera a la impulsiva edad de quince años, se lanzó un reproche avergonzada, borró un sarcasmo en un arranque de compasión o desdibujó un contorno en una bruma de rapsodia. Los arranques y rapsodias, dijo al parecer, señalando con su bastón, acaban ahí; y la línea fronteriza se ve perfectamente. Pero ella no niega que las lunas, las montañas y los castillos existan —al otro lado—. Tiene incluso su propio romance popular. Versa sobre la reina de los escoceses. La admiraba muchísimo. «Uno de los primeros personajes del mundo —la llamó—, una princesa embrujadora cuyo único amigo fue entonces el duque de Norfolk, y los únicos ahora el señor Whitaker, la señora Lefroy, la señora Knight y yo misma». Con estas palabras queda circunscrita con esmero su pasión y redondeada con una carcajada. Resulta entretenido recordar en qué términos escribieron las jóvenes Brontë, no mucho después, en su casa parroquial más al norte, sobre el duque de Wellington.