El lector comun

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La muchachita remilgada creció. Se convirtió en «la mariposa cazamaridos más bonita, boba y afectada» que la señora Mitford podía recordar y, por cierto, en la autora de una novela llamada Orgullo y prejuicio, escrita furtivamente, al amparo de una puerta que chirriaba y que permaneció muchos años sin publicar. Poco tiempo después, según se cree, comenzó otra historia, Los Watson, y como, por alguna razón, no estaba contenta con ella, la dejó inacabada. Las obras de segunda fila de un gran escritor merecen ser leídas porque brindan la mejor crítica de sus obras maestras. Aquí sus dificultades son más aparentes, y el método que empleó para superarlas no está disimulado con tanto ingenio. En primer lugar, la rigidez y la desnudez de los primeros capítulos demuestran que era una escritora de las que exponen sus hechos, simple y llanamente, en la primera versión y después vuelven una y otra vez y les dan cuerpo y ambiente. Cómo lo habría hecho, no lo sabemos —por medio de qué supresiones, inserciones y recursos ingeniosos. Pero el milagro se habría obrado; la historia aburrida de catorce años de vida familiar se habría convertido en otra de esas introducciones exquisitas y sin esfuerzo aparente; y nosotros nunca habríamos adivinado a cuántas páginas de duro trabajo preliminar sometió Jane Austen su pluma. Aquí percibimos que no era una hechicera después de todo. Como otros escritores, tenía que crear la atmósfera en que su genio particular pudiera dar fruto. Aquí va a tientas; aquí nos hace esperar. De pronto lo ha conseguido; ahora las cosas pueden suceder tal y como a ella le gusta que ocurran. Los Edward van al baile. Pasa por delante el carruaje de los Tomlinson; puede decirnos que a Charles «le entregan sus guantes y le dicen que no se los quite»; Tom Musgrave se retira a un rincón alejado con un barril de ostras, donde se encuentra a las mil maravillas. Su genio se halla liberado y activo. A la vez nuestros sentidos se agudizan, nos posee la intensidad peculiar que sólo ella puede impartir. Pero ¿de qué se compone todo? De un baile en una población rural; varias parejas que se encuentran y se cogen de las manos en un salón de actos; un poco de comida y de bebida; y, como catástrofe, un chico al que desaira una joven dama y al que otra trata amablemente. No hay ni tragedia ni heroísmo. Sin embargo, por alguna razón la pequeña escena es conmovedora más allá de toda proporción con relación a la solemnidad de su superficie. Se nos ha hecho ver que si Emma actuó así en el salón de baile, con cuánta consideración, con cuánta ternura, inspirada por qué sinceridad de sentimiento se habría mostrado en esas crisis más graves de la vida que, cuando la observamos, se presentan inevitablemente ante nuestros ojos. Jane Austen es así la dueña de una emoción mucho más honda que la que aparece en la superficie. Nos estimula para que aportemos lo que no está ahí. Lo que ella ofrece es, en apariencia, algo insignificante, pero está compuesto de algo que se expande en la mente del lector y dota con la forma de vida más perdurable escenas que son aparentemente triviales. Siempre recae el énfasis en el personaje. ¿De qué modo, se nos invita a preguntarnos, se comportará Emma cuando lord Osborne y Tom Musgrave hagan su visita a las tres menos cinco minutos, justo cuando Mary esté trayendo la bandeja y el estuche del cuchillo? Es una situación tremendamente embarazosa. Estos jóvenes están acostumbrados a un refinamiento mucho mayor. Emma puede mostrarse maleducada, vulgar, una nulidad. Los giros y vueltas del diálogo nos mantienen en las ascuas de la intriga. Nuestra atención se reparte entre el momento presente y el futuro. Y cuando, al final, Emma se comporta de un modo que justifica nuestras mayores esperanzas depositadas en ella, nos conmovemos como si hubiéramos sido testigos de un asunto de suma importancia. Aquí, sin duda, en esta historia inacabada y en la principal, menos importante, se dan cita todos los elementos de la grandeza de Jane Austen. Tiene la cualidad permanente de la literatura. Eliminemos mentalmente la animación de la superficie, la semejanza con la vida, y ahí permanece, para proporcionar un placer más intenso, un discernimiento exquisito de los valores humanos. Retiremos también esto de la mente y podemos hablar largo y tendido con satisfacción extrema sobre ese arte más abstracto que, en la escena del salón de baile, tanto hace variar las emociones y tanta proporción da a las partes, que puede disfrutarse como uno disfruta de la poesía, por sí misma, y no como un eslabón que lleva la historia por aquí y por allá.


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