El lector comun
El lector comun Pero las habladurÃas cuentan de Jane Austen que era recta, meticulosa y taciturna —«un atizador al que todos temen»—. De eso también hay indicios; podÃa ser bastante inmisericorde; es una de las escritoras satÃricas más consistentes de toda la literatura. Esos primeros capÃtulos ásperos de Los Watson demuestran que el suyo no era un genio prolÃfico; no tenÃa, como Emily Brontë, que abrir simplemente la puerta para hacer notar su presencia. Humilde y alegremente recogió las ramitas y briznas de paja para hacer el nido y las colocó cuidadosamente juntas. Las ramitas y briznas en sà estaban un poco secas y polvorientas. Estaba la casa grande y la casa pequeña; una merienda, una cena y una comida campestre esporádica; la vida estaba cercada por valiosas conexiones e ingresos suficientes; por carreteras enfangadas, pies mojados y una tendencia por parte de las damas a cansarse; sostenida en parte por principios, en parte por las consecuencias y la educación que disfrutaban comúnmente las familias de clase media alta que vivÃan en el campo. El vicio, la aventura, la pasión se dejaban fuera. Pero de todo este prosaÃsmo, de toda esta pequeñez no elude nada, y nada se pasa astutamente por alto. Con paciencia y meticulosidad nos cuenta cómo «no hicieron ninguna parada hasta que llegaron a Newbury, donde una comida placentera, enlazando la cena y el almuerzo, puso punto y final a los gozos y las fatigas del dÃa».[20] Tampoco rinde tributo a las convenciones simplemente de boca para fuera; cree en ellas además de aceptarlas. Cuando describe a un clérigo, como Edmund Bertram, o a un marino, en particular, ella parece excluida por la santidad de su oficio del libre uso de su herramienta principal, el genio cómico, y es propensa por tanto a caer en el panegÃrico decoroso o la descripción prosaica. Pero estas son excepciones; en su mayor parte, su actitud trae a la memoria la exclamación de la dama anónima: «¡Una ingeniosa de la palabra, una delineadora del carácter que no habla es verdaderamente aterradora!». No desea reformar ni aniquilar; ella calla; y eso, hablando en propiedad, es aterrador. Uno tras otro crea sus necios, sus mojigatos, sus seres mundanales, sus señores Collins, sus sir Walter Elliot, sus señoras Bennet. Los rodea con la tralla de una frase cual látigo que, al circundarlos, recorta sus siluetas para siempre. Pero ahà permanecen, no se les encuentra excusa y no se les muestra ninguna piedad. Nada queda de Julia y Maria Bertram cuando ha acabado con ellas; lady Bertram se queda «sentada, llamando a Pug e intentando constantemente que no se acerque a los parterres». Se reparte justicia divina; el doctor Grant, a quien comienza gustándole su oca tierna boba, acaba buscándose una «apoplejÃa y la muerte, por medio de tres cenas institucionales en una semana». A veces es como si sus criaturas hubieran nacido sencillamente para darle a Jane Austen el placer supremo de cortarles la cabeza. Se da por satisfecha; está contenta; no cambiarÃa un pelo de la cabeza de nadie, ni moverÃa un ladrillo ni una brizna de hierba en un mundo que le proporciona un placer tan exquisito.