El lector comun

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¿Qué hay más natural, entonces, con esta clarividencia de su profundidad, que el hecho de que Jane Austen eligiera escribir de las trivialidades de la existencia cotidiana, de cenas, comidas campestres y bailes rurales? Ninguna «sugerencia para modificar su estilo de escritura» del príncipe regente o del señor Clarke pudieron tentarla; ningún romance, ninguna aventura, ni la política o la intriga tenían punto alguno de comparación con la vida en la escalera de una casa rural tal y como ella la veía. En efecto, el príncipe regente y su bibliotecario se habían dado de cabeza contra un obstáculo realmente formidable; estaban intentando forzar una conciencia incorruptible, turbar una discreción infalible. La niña que formaba sus frases tan bien a los quince años nunca dejó de hacerlas, y nunca escribió para el príncipe regente o su bibliotecario, sino para el mundo entero. Sabía exactamente cuáles eran sus facultades y cuál el material adecuado para ellas, el que debía tratar un escritor con altura de miras. Había impresiones que no eran de su incumbencia; emociones que sus propios recursos no podían, por ningún medio o artificio, bañar o cubrir debidamente. Por ejemplo, no era capaz de hacer hablar con entusiasmo a una chica de estandartes y capillas. No se podía lanzar sin reservas a un momento romántico. Tenía toda clase de estratagemas para eludir escenas de pasión. A la naturaleza y sus bellezas se aproximaba de un modo soslayado propio de ella. Describe una noche preciosa sin mencionar ni una vez la luna. No obstante, al leer las frases formales sobre «la claridad de una noche despejada y el contraste de la sombra oscura del bosque», la noche es a la vez tan «solemne, y relajante, y hermosa» como ella nos cuenta que era con suficiente sencillez.


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