El lector comun
El lector comun Esa cualidad elusiva, en efecto, está a menudo compuesta de partes muy diferentes que requieren un genio peculiar para unirlas. La agudeza de Jane Austen tiene por compañera a la perfección de su gusto. Su necio es un necio; su esnob, un esnob porque se aleja del modelo de cordura y sensatez que ella tiene en mente y nos hace llegar de forma inequívoca, incluso cuando nos hace reír. Nunca ningún novelista hizo mayor uso de un impecable sentido de los valores humanos. Contrapuestas al receptáculo de un corazón certero, a un buen gusto infalible, a una moralidad casi severa muestra esas desviaciones de la amabilidad, la verdad y la sinceridad que se hallan entre las cosas más deliciosas de la literatura inglesa. Retrata a una Mary Crawford por entero en su mezcla de bondad y maldad de este modo. Permite que hable sin parar del clero, o a favor de una baronía y diez mil al año, con toda la tranquilidad y el temple posibles; pero una y otra vez toca una nota propia, con suavidad pero perfectamente afinada, y de inmediato el parloteo de Mary Crawford, aunque sigue entreteniendo, suena desafinado. De ahí la profundidad, la belleza, la complejidad de sus escenas. De semejantes contrastes procede una belleza, incluso una solemnidad, que no son sólo tan extraordinarias como su agudeza, sino una parte inseparable de ella. En Los Watson nos da un anticipo de esta facultad; nos hace preguntarnos por qué un acto de amabilidad corriente, como ella lo describe, llega a cobrar tanto sentido. En sus obras maestras, el mismo don logra la perfección. Aquí no hay nada fuera de su sitio; es mediodía en Northamptonshire; un joven soso conversa con una joven enclenque en las escaleras cuando suben a vestirse para la cena, con criadas pasando. Pero, de la trivialidad, del lugar común, sus palabras pasan de pronto a llenarse de sentido, y el momento se convierte para ambos en uno de los más memorables de sus vidas. Se basta a sí mismo; brilla; reluce; queda suspendido ante nosotros, profundo, trémulo, sereno por un segundo; luego pasa la doncella, y esta gota, en la que toda la dicha de la vida se ha congregado, desciende suavemente de nuevo para entrar a formar parte de la marea y el fluir de la existencia común.