El lector comun
El lector comun Tomemos Persuasión, la última novela acabada, y a su luz observemos los libros que podría haber escrito si hubiese vivido. Hay una belleza y una monotonía peculiares en Persuasión. La monotonía es la que tan a menudo señala la etapa de transición entre dos períodos diferentes. La escritora está un poco aburrida. Está demasiado familiarizada con los entresijos de su mundo; ya no los percibe con frescura. Hay una aspereza en su comedia que indica que las vanidades de un sir Walter o el esnobismo de una señorita Elliot casi han cesado de entretenerla. La sátira es cruel y la comedia cruda. Ya no es consciente con tanta intensidad de las distracciones de la vida diaria. Su mente ya no está del todo en su objeto. Pero mientras creemos que Jane Austen ha hecho esto antes, y mejor, también creemos que está tratando de hacer algo que nunca ha intentado. Hay un elemento nuevo en Persuasión, la cualidad, quizá, que entusiasmó al doctor Whewell y le hizo insistir en que era «la más bella de sus obras». Está empezando a descubrir que el mundo es más grande, más misterioso y más romántico de lo que había supuesto. Creemos que alude a sí misma cuando dice de Anne: «La habían forzado a aceptar la prudencia en su juventud, conoció el amor al hacerse mayor: la secuela natural de un comienzo antinatural». Se detiene con frecuencia en la belleza y la melancolía de la naturaleza, en el otoño allí donde antes había sido su costumbre detenerse en la primavera. Habla del «influjo tan dulce y tan triste de los meses otoñales en el campo». Se fija en «las hojas leonadas y los setos marchitos». «No se ama menos un lugar porque se haya sufrido en él», observa. Pero no es solamente en una nueva sensibilidad hacia la naturaleza donde detectamos el cambio. Su actitud hacia la vida misma ha cambiado. La ve, durante la mayor parte del libro, a través de los ojos de una mujer que, en su desdicha, siente una simpatía especial por la felicidad y la infelicidad de los demás, de las que, hasta el mismísimo final, se ve forzada a hacer comentarios en silencio. Por tanto, la observación se dirige menos a hechos y más a sentimientos de lo usual. Hay una emoción expresa en la escena del concierto y en la famosa conversación sobre la constancia de la mujer que no demuestra simplemente el hecho biográfico de que Jane Austen había amado, sino el hecho estético de que ella ya no tenía miedo a decirlo. La experiencia, cuando era seria, tenía que enterrarse muy hondo y ser desinfectada a conciencia por el paso del tiempo, antes de que ella se permitiera tratarla en la ficción. Pero ahora, en 1817, estaba preparada. En apariencia, también, en sus circunstancias, un cambio era inminente. Su fama había crecido muy lentamente. «Dudo —escribió el señor Austen Leigh— que sea posible mencionar algún otro autor de importancia cuya oscuridad personal fuese tan completa». Si hubiera vivido sólo unos años más, todo eso habría cambiado. Se habría quedado en Londres, habría cenado fuera, comido fuera, conocido a gente famosa, hecho nuevas amistades, leído, viajado y llevado de vuelta a la tranquila casa de campo un montón de observaciones con que regalarse a placer.