El lector comun

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Nuestra discrepancia, pues, no es con los clásicos, y si hablamos de discrepar con el señor Wells, el señor Bennett y el señor Galsworthy, se debe en parte a que, por el mero hecho de ser de carne y hueso, su obra posee una imperfección cotidiana que respira y vive y nos ofrece que nos tomemos con ella cuantas libertades queramos. Pero también es cierto que mientras les agradecemos sus mil obsequios, reservamos nuestra gratitud incondicional para el señor Hardy, para el señor Conrad y, en mucho menor grado, para el señor Hudson de La tierra purpúrea, Mansiones verdes y Allá lejos y tiempo atrás. El señor Wells, el señor Bennett y el señor Galsworthy han suscitado tantas esperanzas y las han defraudado tan de continuo, que nuestra gratitud en buena parte se manifiesta en forma de agradecimiento por habernos mostrado lo que habrían podido hacer, pero no han hecho; lo que seguramente no sabríamos hacer, pero, con la misma certeza, quizá, no deseemos hacer. Ninguna frase resumirá los cargos o los resentimientos que tenemos que presentar contra una mole de trabajo tan voluminosa y que encarna tantas cualidades, tan admirables como lo contrario. Si intentáramos formular lo que queremos decir con una palabra, diríamos que estos tres escritores son materialistas. Nos han defraudado porque tratan no con el espíritu, sino con el cuerpo, y nos han dejado la impresión de que cuanto antes les vuelva la espalda la narrativa inglesa, tan cortésmente como sea posible, y se marche, ojalá fuese al desierto, mejor será para el alma de esta. Naturalmente, ninguna palabra da en el centro de tres dianas separadas. En el caso del señor Wells, yerra llamativamente el blanco por mucho. Y aun así, incluso tratándose de él, indica en nuestra opinión la aleación funesta de su genio, el gran terrón de arcilla que se ha mezclado con la pureza de su inspiración. Pero tal vez sea el señor Bennett el más culpable de los tres, dado que él es de lejos el mejor obrero. Sabe hacer un libro tan bien construido y de tan sólida factura que hasta al más exigente de los críticos le resulta difícil ver a través de qué resquicio o grieta puede colarse el deterioro. No hay una sola ventana por cuyos marcos entren corrientes de aire, ni rendija alguna en las tablas. Y sin embargo, ¿y si la vida se negara a habitar ahí? Ese es un riesgo que el creador de Cuento de viejas, George Cannon, Edwin Clayhanger y muchas figuras más bien pueden afirmar haber superado. Sus personajes viven de sobra, aun cuando nadie lo espere, pero resta preguntarse cómo viven y para qué viven. Cada vez más nos dan la sensación, abandonando incluso la villa, tan bien construida, de los cinco pueblos,[21] de que pasan el tiempo en el tren, en algún vagón de primera clase con un suave acolchado, pulsando innumerables timbres y botones; y el destino de su tan lujoso viaje se convierte cada vez más, sin lugar a dudas, en una eternidad de dicha absoluta disfrutada en el mejor hotel de Brighton. No se puede decir del señor Wells que sea ni mucho menos un materialista en el sentido de deleitarse en exceso con la solidez de su entramado. Su mente es demasiado generosa en sus simpatías como para permitirle emplear mucho tiempo en dejarlo todo limpio, ordenado y sólido. Es un materialista de pura bondad de corazón, que se echa al hombro el trabajo que debería haber sido realizado por cargos políticos, y que en la plétora de sus ideas y datos apenas tiene un momento libre para darse cuenta de, u olvidarse de considerar importante, la crudeza y tosquedad de los seres humanos que crea. Con todo, ¿qué crítica a su tierra y a su cielo puede haber más dañina que la de tener que ser habitados aquí y en el más allá por sus Joans y sus Peters?[22] ¿No empaña la inferioridad de sus naturalezas cualquier costumbre o ideal que la generosidad de su creador les proporcione? Ni tampoco, por muy profundo que sea nuestro respeto por la integridad y la humanidad del señor Galsworthy, encontraremos lo que buscamos en sus páginas.


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