El lector comun
El lector comun Comoquiera que sea, el problema que se le presenta al novelista en la actualidad, como suponemos que así ha sido en el pasado, es arreglárselas para tener la libertad de relatar lo que le plazca. Debe tener el valor de decir que lo que más le interesa ya no es «esto», sino «eso»: a partir de «eso» debe construir sólo su obra. Para los modernos, «eso», el asunto de interés, radica muy probablemente en las oscuras regiones de la psicología. Y entonces, de inmediato el acento recae de un modo ligeramente distinto; se pone énfasis en algo hasta la fecha ignorado; de inmediato se hace necesario un contorno formal diferente, uno que a nosotros nos cuesta comprender y era incomprensible para nuestros predecesores. Nadie, salvo un moderno, nadie salvo tal vez un ruso, hubiera sentido interés por la situación que Chéjov ha convertido en el relato que llama «Gusev». Unos soldados rusos yacen enfermos a bordo de un barco que los lleva de vuelta a Rusia. Se nos ofrecen unos cuantos retazos de su conversación y de sus pensamientos; después muere uno de ellos y se lo llevan; la conversación prosigue entre los demás durante un tiempo, hasta que el mismo Gusev muere, y con el aspecto de «una zanahoria o un rábano» lo arrojan por la borda. El énfasis se pone en puntos tan insospechados que al principio es como si no hubiera énfasis en absoluto, y entonces, mientras los ojos se acostumbran al crepúsculo y disciernen las formas de las cosas en una habitación, vemos lo completa que es la historia, qué profunda, y con qué auténtica obediencia a su visión Chéjov ha elegido esto, eso y lo otro, y los ha colocado juntos para componer algo nuevo. Pero resulta imposible decir «esto es cómico» o «esto es trágico», ni estamos seguros, puesto que los relatos, como se nos ha enseñado, deberían ser breves y concluyentes, de si este, que es impreciso y no concluyente, debiera acaso recibir el apelativo de relato.