El lector comun

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Las observaciones más elementales sobre la narrativa inglesa moderna apenas pueden evitar mencionar la influencia rusa, y si se menciona a los rusos, se corre el riesgo de creer que escribir de cualquier narrativa excepto la suya es una pérdida de tiempo. Si queremos una comprensión del alma y el corazón, ¿dónde, si no, la encontraremos con una profundidad comparable? Si estamos hartos de nuestro propio materialismo, el menos importante de sus novelistas posee por derecho de nacimiento una reverencia natural por el espíritu humano. «Aprende a hacerte semejante a la gente … Pero que esta simpatía no sea con la mente (pues es fácil con la mente), sino con el corazón, con amor hacia ellos.»[23] En todo gran escritor ruso nos parece discernir los rasgos de un santo, si es que la compasión por el sufrimiento de los demás, el amor hacia ellos o el empeño por lograr algún objetivo digno de los requerimientos más exigentes del espíritu constituyen la santidad. El santo en ellos es lo que nos desconcierta con la sensación de nuestra propia trivialidad irreligiosa, y convierte tantas de nuestras novelas famosas en oropel y patrañas. Las conclusiones de la mente rusa, tan extensa y compasiva, son inevitablemente, quizá, de una tristeza absoluta. Con mayor exactitud desde luego podríamos hablar del carácter inconcluyente de la mente rusa. Una vez acaba la historia con un interrogante de impotencia que nos llena de una profunda, y al final puede que resentida, desesperación, hay que dejar que resuene incesantemente la sensación de que no hay respuesta, de que, si se examina con honestidad, la vida plantea una pregunta tras otra. Quizá tengan razón; sin duda ellos ven más allá que nosotros y sin nuestros burdos impedimentos de visión. Pero tal vez nosotros veamos algo que se les escapa, ¿o por qué si no habría de mezclarse esta voz de protesta con nuestra desesperanza? La voz de protesta es la voz de otro, de una antigua civilización que parece haber engendrado en nosotros el instinto de gozar y luchar, más que de tolerar y comprender. La narrativa inglesa desde Sterne a Meredith atestigua nuestra fascinación natural por el humor y la comedia, por la belleza terrena, por las labores del intelecto y por el esplendor del cuerpo. Pero cualquier deducción que podamos hacer partiendo de la comparación de dos narrativas tan inconmensurablemente alejadas es inútil, exceptuando por supuesto cuando nos inunda con una vista panorámica de las infinitas posibilidades del arte, y nos recuerda que el horizonte no tiene límites y que nada —ningún «método», ningún experimento, ni siquiera de los más descabellados— está prohibido, tan sólo la falsedad y el fraude. La «materia prima adecuada de la narrativa» no existe; todo es materia prima adecuada para la narrativa, todo sentimiento, todo pensamiento; se hace uso de todas las cualidades del intelecto y del espíritu; ninguna percepción viene mal. Y si podemos imaginarnos al arte narrativo vivo y entre nosotros, sin duda nos pediría que lo quebrantáramos y lo intimidáramos, tanto como que lo honráramos y lo amáramos, pues así se renueva su juventud y se reafirma su soberanía.


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