El lector comun
El lector comun El significado de un libro, que tan a menudo se halla apartado de lo que sucede y lo que se dice, y que consiste más bien en alguna conexión que han tenido para el escritor cosas de por sà distintas, es por fuerza difÃcil de comprender. Eso ocurre sobre todo cuando, como las Brontë, el escritor es poético, y su significado inseparable de su lenguaje y en sà más un estado de ánimo que una observación concreta. Cumbres borrascosas es un libro más difÃcil de entender que Jane Eyre, porque Emily fue mejor poeta que Charlotte. Cuando Charlotte escribÃa, decÃa con elocuencia y esplendor y pasión: «amo», «odio», «sufro». Su experiencia, aunque más intensa, está a la misma altura que la nuestra. Pero no hay un «yo» en Cumbres borrascosas. No hay institutrices. No hay patronos. Hay amor, pero no es el amor de los hombres y las mujeres. A Emily le inspiraba una idea más general. El impulso que la urgÃa a crear no era su propio sufrimiento o sus propias heridas. Ella contemplaba un mundo escindido en un gigantesco desorden y sentÃa dentro de sà la potestad de unirlo en un libro. Se puede percibir esa gigantesca ambición en toda la novela; una lucha, medio frustrada pero de una convicción soberbia, por decir algo a través de sus personajes que no sea simplemente «amo» u «odio», sino «nosotros, toda la raza humana» y «vosotros, los poderes eternos…», queda inacabada la frase. No resulta extraño que asà fuera; más bien es asombroso que pueda hacernos sentir lo que tenÃa dentro y querÃa decir. Surge en las palabras medio articuladas de Catherine Earnshaw: «Si todo lo demás sucumbiera y él quedara, yo seguirÃa existiendo; y si todo lo demás permaneciera y él fuera aniquilado, el universo se volverÃa un gran extraño; yo no podrÃa parecer parte de él». Aparece de nuevo en presencia de los muertos: «Veo un reposo que ni la tierra ni el infierno pueden romper, y siento la convicción de la otra vida infinita y sin sombras, la eternidad en la que han entrado, donde la vida es ilimitada en su duración, el amor en su compasión y la alegrÃa en su plenitud». Esta sombra del poder que subyace en las manifestaciones de la naturaleza humana, y que las eleva ante la presencia de la grandeza, es lo que da al libro su colosal estatura en comparación con otras novelas. Pero no le bastó a Emily Brontë con escribir unos cuantos poemas, con proferir un grito, con expresar un credo. En sus poemas lo hizo, de una vez por todas, y sus poemas quizá sobrevivirán a su novela. Pero era novelista, a la vez que poeta. TenÃa que emprender una tarea más laboriosa y más ingrata. TenÃa que hacer frente a la realidad de otras existencias, luchar con el mecanismo de las cosas externas, levantar, con forma reconocible, granjas y casas y reproducir las palabras de unos hombres y mujeres que existÃan con independencia de ella. Y asà alcanzamos estas cimas de emoción, no mediante el grito o la rapsodia, sino oyendo a una muchacha cantarse viejas canciones a sà misma, mientras se mece en las ramas de un árbol; observando las ovejas del páramo pelar la grama; escuchando el suave viento que sopla por entre la hierba. La vida de la granja con todos sus absurdos y su improbabilidad se muestra ante nosotros. Se nos brindan todas las oportunidades de comparar Cumbres borrascosas con una granja de verdad, y a Heathcliff con un hombre de verdad. ¿Cómo, se nos permite preguntar, puede haber verdad o discernimiento o los matices más sutiles de emoción en hombres y mujeres que se parecen tan poco a los que nosotros mismos hemos visto? Pero incluso al preguntarlo vemos en Heathcliff al hermano que una hermana de genio podrÃa haber visto; él es imposible, decimos, pero aun asà ningún muchacho en la literatura tiene una existencia más llena de vitalidad que la suya. Asà ocurre con las dos Catherine; las mujeres nunca podrÃan sentir como ellas o actuar de ese modo, decimos. A pesar de todo, son las mujeres más adorables de la narrativa inglesa. Es como si ella pudiera hacer trizas todo aquello por lo que conocemos a los seres humanos y llenar esas transparencias irreconocibles con una ráfaga de vida de tal Ãndole que trascienden la realidad. La suya, pues, es la más excepcional de todas las capacidades. Supo liberar la vida de su dependencia de los hechos; con unos cuantos toques, indicar el espÃritu de un rostro para que no necesitara cuerpo; hablando del páramo, hacer que el viento soplara y rugiera el trueno.