El lector comun
El lector comun Pues los escritores egocéntricos y con limitaciones propias tienen una capacidad que se les niega a los más católicos y de mente más abierta. Sus impresiones son compactas y están firmemente selladas entre sus estrechos muros. Nada sale de su mente que no hayan marcado con su propio membrete. Aprenden poco de otros escritores y lo que adoptan no lo saben asimilar. Tanto Hardy como Charlotte Brontë parecen haber fundamentado sus estilos en un rÃgido y decoroso periodismo. La materia prima de su prosa es incómoda e inflexible. Pero ambos, con esfuerzo y con la más obstinada integridad, elaborando cada pensamiento hasta que este ha domeñado las palabras, han logrado forjarse una prosa moldeada enteramente por sus mentes; que tiene, por añadidura, una belleza, una intensidad, una rapidez propias. Charlotte Brontë, al menos, no debió nada a la lectura de muchos libros. Nunca aprendió la tersura del escritor profesional, ni adquirió la habilidad de este para rellenar y dominar el lenguaje a su arbitrio. «Nunca pude sentirme relajada conversando con mentes fuertes, discretas y refinadas, ya fueran masculinas o femeninas —escribe, como podrÃa haber escrito cualquier editorialista en un periódico de provincias; pero, haciendo acopio de fuego y cobrando velocidad, continúa con su auténtica voz—: hasta no haber superado las trincheras de la reserva convencional y cruzado el umbral de la confianza, y no haberme ganado un rincón en sus corazones». Ahà es donde ella toma asiento; el rojo e incesante fulgor del fuego del corazón es lo que ilumina su página. En otras palabras, leemos a Charlotte Brontë no por una exquisita observación del carácter —sus personajes son enérgicos y primitivos—; no por la comedia —su humor es sardónico y crudo—; no por una visión filosófica de la vida —la suya es la de la hija de un párroco rural—, sino por su poesÃa. Probablemente ocurre lo mismo con todos los escritores que, como ella, tienen una personalidad avasalladora, de modo que, como decimos en la vida real, sólo tienen que abrir la puerta para hacer notar su presencia. Hay en ellos cierta ferocidad indómita, perpetuamente en guerra con el orden de las cosas aceptado, que les hace desear crear al instante más que observar con paciencia. Este mismo ardor, rechazando las medias tintas y otros impedimentos menores, deja atrás con sus alas la conducta diaria de la gente corriente y se alÃa con sus pasiones más inefables. Los hace poetas o, si eligen escribir en prosa, intolerantes con sus restricciones. De ahà que tanto Emily como Charlotte estén siempre invocando la ayuda de la naturaleza. Ambas sienten la necesidad de un sÃmbolo de las inmensas y adormecidas pasiones de la naturaleza humana, más impactante que lo que las palabras o los actos pueden transmitir. Con la descripción de una tormenta termina Charlotte su mejor novela, Villette: «Los cielos se ciernen llenos y oscuros: un naufragio navega desde el oeste; las nubes adoptan extrañas formas». Asà invoca a la naturaleza para describir un estado mental que no podrÃa ser expresado de otro modo. Pero ninguna de las hermanas observó la naturaleza fielmente como la observó Dorothy Wordsworth, ni la pintó minuciosamente como la pintó Tennyson. Ellas echaron mano de aquellos aspectos de la tierra que eran más afines a lo que sentÃan o atribuÃan a sus personajes, y asà sus tormentas, sus páramos, sus bellos intervalos de tiempo estival no son ornamentos para decorar una página aburrida ni para mostrar las dotes de observación de la escritora, sino que llevan consigo la emoción e iluminan el significado del libro.