El lector comun

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Las desventajas de ser Jane Eyre no hay que buscarlas lejos. Ser siempre una institutriz y estar siempre enamorada es una seria limitación en un mundo que, después de todo, está lleno de gente que no es ni lo uno ni lo otro. Los personajes de una Jane Austen o un Tolstói tienen un millón de facetas comparados con estos. Están vivos y son complejos por medio de su efecto sobre mucha gente distinta que sirve para reflejarlos por completo. Van de acá para allá, tanto si sus creadores los observan como si no, y el mundo en el que viven nos parece un mundo independiente que podemos visitar, ahora que ellos lo han creado, por nuestra cuenta. Thomas Hardy tiene una mayor afinidad con Charlotte Brontë en la fuerza de su personalidad y la estrechez de su visión. Pero las diferencias son inmensas. Cuando leemos Jude el oscuro no se nos lleva a toda prisa hasta un final. Cavilamos y ponderamos y nos alejamos del texto a la deriva con una pletórica serie de pensamientos que construyen en torno a los personajes un ambiente de duda e insinuación del que ellos mismos son, a veces, inconscientes, y a veces no. A pesar de que son sencillos campesinos, nos vemos forzados a enfrentarlos a destinos e interrogantes de la mayor trascendencia, de modo que a menudo es como si los personajes más importantes de una novela de Hardy fueran aquellos que no tienen nombre. De esta facultad, de esta curiosidad especulativa, no hay ni rastro en Charlotte Brontë. Ella no intenta resolver los problemas de la vida humana; ni siquiera es consciente de que tales problemas existan; toda su fuerza, aún más tremenda por estar constreñida, va en la afirmación «amo», «odio», «sufro».


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