El lector comun

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No hay nada ahí más efímero que el páramo mismo, ni más sujeto al influjo de los usos que la «prolongada y lastimera ráfaga de viento». Ni dura poco la emoción. Nos lleva en volandas por todo el libro, sin darnos tiempo para pensar, sin dejarnos levantar los ojos de la página. Tan intensa es nuestra absorción que, si alguien se mueve en el cuarto, el movimiento parece tener lugar no allí, sino en Yorkshire. La escritora nos lleva de la mano, nos fuerza a ir por su camino, nos hace ver lo que ella ve, nunca nos abandona ni un momento ni permite que la olvidemos. Al final hemos quedado impregnados del genio, la vehemencia, la indignación de Charlotte Brontë. Rostros memorables, personajes de firme contorno y rasgos nudosos nos han lanzado su destello al pasar; pero los hemos visto a través de sus ojos. Una vez que ella se ha ido, los buscamos en vano. Pensemos en Rochester y tenemos que pensar en Jane Eyre. Pensemos en el páramo y de nuevo allí está Jane Eyre. Pensemos en el salón,[*] justamente, en esas «alfombras blancas, donde parecía haber brillantes guirnaldas de flores», en esa «pálida repisa de la chimenea de Paros» con su cristal de Bohemia de «rojo rubí» y la «fusión general de nieve y fuego». ¿Qué es todo eso sino Jane Eyre?




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