El lector comun

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Es obvio, en primer lugar, que la literatura griega es la literatura impersonal. Esos pocos cientos de años que separan a John Paston de Platón, a Norwich de Atenas, suponen un abismo imposible de salvar para la vasta marea de palabrería europea. Cuando leemos a Chaucer, nos deslizamos hasta él imperceptiblemente a través de la corriente de las vidas de nuestros ancestros y, más adelante, a medida que los documentos crecen y los recuerdos se prolongan, apenas existe una figura que no tenga un nimbo de asociaciones, su vida y sus cartas, su mujer y su familia, su casa, su carácter, su feliz o sombría catástrofe. Pero los griegos permanecen en una fortaleza propia. El hado ha sido benévolo también en eso. Los ha preservado de la vulgaridad. A Eurípides lo devoraron unos perros; Esquilo murió de una pedrada; Safo saltó de un acantilado. No sabemos de ellos nada más. Tenemos su poesía, y eso es todo.

Pero eso no es, y quizá nunca pueda ser, completamente cierto. Tomemos una obra de Sófocles, leamos:

Hijo de Agamenón, el soberano que antaño condujo el ejército contra Troya,[2]



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