El lector comun

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En todos estos recuerdos da la sensación de que quien dejó constancia de ellos, incluso cuando estuvo presente de verdad, mantuvo las distancias y la calma, y nunca leyó las novelas años después con la luz de una personalidad llena de vitalidad, enigmática o hermosa, deslumbrante para sus ojos. En la ficción, donde se revela tanto de la personalidad, la ausencia de encanto es una gran carencia; y sus críticos, que en su mayoría han sido, por supuesto, del sexo opuesto, se han sentido contrariados, tal vez conscientes de ello sólo a medias, por su deficiencia en una cualidad que se considera sumamente deseable en las mujeres. George Eliot no era encantadora; no era demasiado femenina; no tenía ninguna de esas excentricidades y desequilibrios de temperamento que dan a tantos artistas la simpática sencillez de los niños. Da la impresión de que para la mayoría de la gente, como para lady Ritchie, ella no era «exactamente una amiga íntima, sino un impulso bondadoso y benévolo». Pero si contemplamos estos retratos más de cerca encontraremos que son todos retratos de una mujer célebre entrada en años, vestida de negro satén, paseando en su victoria, una mujer que ha tenido su lucha y salido de ella con un deseo profundo de ser útil a los demás, pero sin deseos de intimidad, salvo con el pequeño círculo que la había conocido en sus días de juventud. Conocemos muy poco de sus días de juventud; pero sabemos que la cultura, la filosofía, la fama y el ascendiente se construyeron sobre unos cimientos muy humildes: era nieta de un carpintero.


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