El lector comun
El lector comun El primer volumen de su vida es un documento especialmente deprimente. En él la vemos alzándose con quejidos y empeño del tedio intolerable de la mezquina sociedad de provincias (su padre había escalado socialmente y llegó a ser más de clase media, pero menos pintoresco) para ser la editora adjunta de una revista londinense sumamente intelectual y la estimada compañera de Herbert Spencer. Las etapas son dolorosas tal y como ella pone de manifiesto en el triste soliloquio con el que el señor Cross la condenó a contar la historia de su vida. Marcada en su juventud temprana como alguien «que seguro organizaría muy pronto algo del estilo de un club de confección», pasó a recaudar fondos para restaurar una iglesia trazando un mapa de la historia eclesiástica; y a eso le siguió una pérdida de la fe que molestó tanto a su padre que se negó a vivir con ella. A continuación vino la lucha con la traducción de Strauss, la cual, deprimente y «aletargante del espíritu» de por sí, no parece que pudiera mitigarse con las tareas femeninas habituales de llevar la casa y cuidar de un padre moribundo, así como la penosa convicción, para alguien tan dependiente del afecto, de que al convertirse en una marisabidilla estaba perdiendo el respeto de su hermano. «Solía andar por ahí como un búho —decía—, para enorme disgusto de mi hermano». «Pobre criatura —escribió alguna de sus amistades que la vio afanándose con Strauss delante de la estatua de un Cristo ascendido—, me compadezco de ella a veces, con su cara pálida y enfermiza, sus temibles dolores de cabeza y su preocupación, también, por su padre». Sin embargo, aunque no podamos leer la historia sin un fuerte deseo de que las etapas de su peregrinaje hubieran sido si no más fáciles, al menos más hermosas, existe una determinación empecinada en su avance sobre la ciudadela de la cultura que la vuelve inalcanzable para nuestra lástima. Su desarrollo fue muy lento y muy difícil, pero tuvo detrás el ímpetu irresistible de una ambición noble y arraigada. Todo obstáculo al final se apartó del camino. Conocía a todo el mundo. Leía todo. Su sorprendente vitalidad intelectual había triunfado. La juventud había llegado a su fin, pero la juventud había estado repleta de sufrimientos. Entonces, a los treinta y cinco años, en su mejor momento y en la plenitud de su libertad, tomó esa decisión de tanta importancia para ella y que aún nos incumbe incluso a nosotros, y se marchó a Weimar, sola con George Henry Lewes.