El lector comun

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Pero en medio de toda esta tolerancia y comprensión hay, incluso en los primeros libros, momentos de mayor tensión. Su humor se ha mostrado lo bastante extenso como para cubrir una amplia gama de necios y de fracasos, madres y niños, perros y fértiles prados de la región central, granjeros, sagaces o embriagados con su cerveza, tratantes de caballos, posaderos, curas y carpinteros. Sobre todos ellos se cierne cierto romanticismo, el único que George Eliot se permitía a sí misma: el romanticismo del pasado. Sus libros son asombrosamente legibles y no tienen el menor rastro de pompa o pretensiones. Pero al lector que tiene a la vista un gran tramo de su obra temprana le resultará obvio que la bruma del recuerdo se retire gradualmente. No es que su capacidad disminuya, pues, en nuestra opinión, está en su cenit en la madura Middlemarch, el magnífico libro que, pese a todas sus imperfecciones, es una de las pocas novelas inglesas escritas para personas adultas. Pero el mundo de los prados y granjas ya no le satisface. En la vida real ella había buscado fortuna en otro lugar; y aunque volver la vista al pasado le producía sosiego y consuelo, incluso en sus obras tempranas existen indicios de ese espíritu turbado, esa presencia exigente e inquisitiva y desconcertada que en sí misma era George Eliot. En Adam Bede hay un dejo suyo en Dinah. Se muestra a sí misma con mucho mayor descaro y por completo en Maggie en El molino junto al Floss. Es Janet en el Arrepentimiento, y Romola, y Dorothea en busca de la sabiduría y encontrando quién sabe qué en el matrimonio con Ladislaw. Los que atacan a George Eliot lo hacen, tendemos a pensar, a causa de sus heroínas; y con buena razón, pues no hay duda de que sacan lo peor de ella, le complican la vida, la cohíben, la vuelven pedante y a veces vulgar. Sin embargo, si se pudiera suprimir toda esa hermandad femenina, quedaría un mundo mucho más pequeño y mucho más pobre, aunque un mundo de mayor perfección artística y superior jovialidad y bienestar. Al explicar ese fallo, en la medida en que era un fallo, reparamos en que ella no escribió ni un relato hasta los treinta y siete años y que para entonces había empezado ya a pensar en sí misma con una mezcla de dolor y algo parecido al resentimiento. Durante mucho tiempo prefirió no pensar en sí misma en absoluto. Después, cuando se agotó el primer brote de energía creativa y empezó a sentirse segura de sí misma, empezó a escribir cada vez más desde el punto de vista personal, pero lo hizo sin el abandono resuelto de los jóvenes. Su conciencia de sí misma es siempre marcada cuando sus heroínas dicen lo que ella misma hubiera dicho. Las disfrazaba de todas las formas posibles. Les otorgaba hermosura y riqueza por si fuera poco; inventó, lo cual es más inverosímil, cierto gusto por el brandy. Pero lo que seguía siendo desconcertante y estimulante era que ella se veía compelida por la intensidad de su genio a adentrarse en persona en la tranquila escena bucólica.


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