El lector comun

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La noble y hermosa muchacha que se empeñó en nacer en El molino junto al Floss es el ejemplo más obvio de la ruina que una heroína puede esparcir a su alrededor. El humor la controla y la mantiene encantadora mientras sea pequeña y pueda contentarse fugándose con los gitanos o clavándole puntillas a su muñeca; pero se desarrolla; y antes de que George Eliot sepa qué ha pasado, tiene a una mujer hecha y derecha en sus manos, exigiendo lo que ni los gitanos ni las muñecas ni el mismo Saint Ogg’s son capaces de darle. Primero viene al mundo Philip Wakem, y más tarde Stephen Guest. Se ha señalado a menudo la debilidad del uno y la zafiedad del otro; pero ambos, en su debilidad y ordinariez, ilustran no tanto la incapacidad de George Eliot para retratar a un hombre, como la incertidumbre, el sufrimiento y el titubeo que hacía que le temblase la mano cuando tenía que concebir un compañero adecuado para una heroína. En primer lugar es llevada lejos del mundo que conocía y amaba, y obligada a entrar en salones de la clase media, donde los jóvenes cantan toda la mañana en los días de verano, y las jóvenes bordan gorros de fumar para ventas benéficas. Se siente fuera de su elemento, como prueba su tosca sátira de lo que llama la «buena sociedad»:




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