El lector comun

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No hay rastro de humor o discernimiento en esto, sino sólo el afán de venganza de un rencor que creemos de origen personal. Pero pese a lo terrible que resulta la complejidad de nuestro sistema social en sus exigencias a la comprensión y el discernimiento de una novelista que se desvía y cruza los límites, Maggie Tulliver hizo algo peor que sacar a George Eliot de su entorno natural. Insistió en introducir la gran escena emocional. Ella debía amar; debía perder la esperanza; debía ahogarse estrechando a su hermano entre sus brazos. Cuanto más examinamos las grandes escenas emocionales, con mayor nerviosismo anticipamos la gestación, concentración y condensación de la nube que estallará sobre nuestras cabezas en el momento de crisis en un aguacero de desilusión y verbosidad. Esto se debe en parte a que su control del diálogo, cuando no es un dialecto, es flojo; y en parte a que parece retraerse, con un viejo temor a la fatiga por el esfuerzo de la concentración emocional. Permite que sus heroínas hablen demasiado. Tiene poca destreza verbal. Carece de ese gusto infalible que elige una frase y condensa en ella el meollo de la escena. «¿Con quién va a bailar usted?», preguntó el señor Knightley en el baile de los Weston. «Con usted, si me lo pide»,[25] dijo Emma; y ya ha dicho bastante. La señora Casaubon habría hablado durante una hora y nosotros mientras tanto habríamos mirado por la ventana.


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