El lector comun
El lector comun Sin embargo, despachemos a sus heroÃnas sin compasión, confinemos a George Eliot al mundo agrÃcola de su «más remoto pasado», y no sólo empequeñecemos su grandeza, sino que se pierde su verdadero sabor. Que aquà hay grandeza no lo podemos dudar. La amplitud de las posibilidades, los grandes y fuertes contornos de los rasgos principales, la luz rojiza de los primeros libros, la capacidad de búsqueda y la riqueza reflexiva de los posteriores nos tientan a detenernos y espaciarnos más allá de nuestros lÃmites. Pero es a las heroÃnas a quienes lanzarÃamos una última mirada. «Siempre he estado descubriendo mi religión desde que era niña —dice Dorothea Casaubon—. SolÃa rezar mucho; ahora no rezo casi nunca. Intento no desear cosas sólo para mà misma…»[26] Habla por todas ellas. Ese es el problema que tienen. No pueden vivir sin una religión y comienzan a buscar una cuando son unas niñas. Cada una tiene la profunda pasión femenina por la bondad, lo que transforma el lugar donde ella se mantiene con sus aspiraciones y su agonÃa en el centro del libro —en calma y enclaustrado como un lugar de culto, excepto que ya no sabe a quién rezar. En el aprendizaje buscan su realización; en las tareas ordinarias de las mujeres; en el más amplio servicio de las de su clase. No encuentran lo que buscan, y no es de extrañar. La antigua conciencia de la mujer, cargada de sufrimiento y sensibilidad, y muda durante tantos siglos, parece haber rebosado en ellas y haberse derramado y exigido algo —apenas saben qué—, algo que es quizá incompatible con la realidad de la existencia humana. George Eliot poseyó una inteligencia demasiado fuerte para manipular esa realidad, y un humor demasiado amplio para mitigar la verdad porque era dura. Salvo por el supremo coraje de su empeño, la lucha acaba, para sus heroÃnas, en tragedia o en un compromiso que es incluso más triste. Pero su historia es la versión incompleta de la historia de la propia George Eliot. Para ella, también, la carga y la complejidad de ser mujer no bastaban; debÃa ir más allá del santuario y arrancar por sà misma los extraños y brillantes frutos del arte y el conocimiento. Sujetándolos como pocas mujeres los han sujetado, no renunciarÃa a su propia herencia —la diferencia de punto de vista, la diferencia de norma— ni aceptarÃa una recompensa inapropiada. Asà la contemplamos, una figura memorable, desmesuradamente alabada y retrayéndose de su fama, desalentada, reservada, estremeciéndose en su vuelta a los brazos del amor como si sólo allà existiera satisfacción y, puede ser, justificación; al mismo tiempo extendiendo la mano con «ambición melindrosa aunque hambrienta» en busca de todo lo que la vida pudiera ofrecer a una mente libre e inquisitiva, y confrontando sus aspiraciones femeninas con el mundo real de los hombres. Resultó triunfante en su intento, al margen de lo que haya ocurrido con sus creaciones, y cuando recopilemos todo lo que se atrevió a hacer y todo lo que consiguió, cómo a pesar de todos los obstáculos en su camino —el sexo y la salud y los convencionalismos— buscó más conocimiento y más libertad hasta que su cuerpo, bajo el peso de su doble carga, se hundió exánime, debemos depositar sobre su tumba todo el laurel y todas las rosas que esté en nuestra mano ofrecer.