El lector comun
El lector comun Durante algunos años, pues, fue Marlow el socio dominante. Nostromo, Azar, La flecha de oro representan esa época de la alianza que algunos seguirán encontrando la más rica de todas. El corazón humano es más intrincado que el bosque, dirán; tiene sus tormentas; tiene sus criaturas de la noche; y si como novelista deseas poner a prueba al hombre en todas sus relaciones, el antagonista adecuado es el hombre; su ordalía está en la sociedad, no en la soledad. Para ellos siempre habrá una fascinación peculiar en los libros en los que la luz de estos ojos brillantes se posa no sólo en las aguas residuales, sino también en el corazón en su perplejidad. Pero debe admitirse que si Marlow aconsejó así a Conrad que desplazara su ángulo de visión, el consejo fue audaz. Pues la visión de un novelista es a la vez compleja y especializada; compleja porque detrás de sus personajes y alejado de ellos debe encontrarse algo estable con lo que él los relacione; especializada porque, dado que él es una sola persona con una sola sensibilidad, los aspectos de la vida en los que él puede creer con convicción son estrictamente limitados. Un equilibrio tan delicado es fácil de perturbar. Después de su época intermedia, Conrad nunca más fue capaz de conectar perfectamente a sus figuras con su trasfondo. Nunca creyó en sus personajes posteriores, mucho más sofisticados, como había creído en sus marineros de los comienzos. Cuando tuvo que indicar su relación con ese otro mundo invisible de los novelistas, el mundo de los valores y las convicciones, creyó estar mucho menos seguro de cuáles eran esos valores. Entonces, una y otra vez, una sola frase, «Pilotó con cuidado»,[29] que aparece al final de una tormenta, contenía una moralidad completa. Pero en este mundo más concurrido y complicado, esas frases tan lacónicas se volvían cada vez menos apropiadas. Complejos hombres y mujeres con muchos intereses y relaciones no se resignarían a un juicio tan sumario; o, si lo hacían, mucho de lo que era importante en ellos se libraba del veredicto. Y aun así, con su poder exuberante y romántico, al genio de Conrad le era muy necesario tener alguna ley que pudiera juzgar a sus creaciones. En esencia —así seguía siendo su credo— este mundo de gente civilizada y cohibida está basado en «unas pocas ideas muy simples»; pero ¿dónde, en el mundo de los pensamientos y las relaciones personales, podemos encontrarlas? No hay mástiles en los salones; el tifón no pone a prueba la valía de políticos y hombres de negocios. Buscando y no encontrando esos apoyos, el mundo de la última época de Conrad se halla envuelto en una oscuridad involuntaria, un carácter no concluyente, casi una desilusión que desconcierta y fatiga. Echamos mano, en el crepúsculo, tan sólo de las viejas noblezas y sonoridades: la fidelidad, la compasión, el honor, el deber —siempre bellos, pero ahora un poco cansinamente reiterados, como si los tiempos hubieran cambiado. Quizá fuera Marlow el culpable. Su forma de pensar era un tanto sedentaria. Había pasado demasiado tiempo sentado en cubierta; espléndido en el soliloquio, era menos hábil en el toma y daca de la conversación; y «esos momentos de visión» que relampaguean y se desvanecen no son tan útiles como la luz de una lámpara fija para iluminar el oleaje de la vida y sus largos, paulatinos años. Sobre todo, quizá, no tuvo en cuenta que, si Conrad tenía que crear, era esencial que primero creyera.