El lector comun
El lector comun La explicación es extraña. Es igualmente desconcertante para el lector que desee orientarse dentro del caos de la literatura contemporánea, y para el escritor que desee, como es natural, saber si es probable que su propia obra, traÃda al mundo con infinitos esfuerzos y en casi total oscuridad, arda para siempre entre las inmutables luminarias de las letras inglesas o, por el contrario, se apague. Pero si nos identificamos con el lector y exploramos primero su dilema, nuestra perplejidad resulta bastante efÃmera. Lo mismo ha ocurrido antes muy a menudo. Hemos oÃdo a los doctores disintiendo sobre lo nuevo y coincidiendo en lo viejo, una media de dos veces al año, en la primavera y el otoño, desde que Robert Elsmere —¿o fue Stephen Phillips?— impregnó de algún modo el ambiente, y se dio la misma discrepancia entre adultos con estos libros también. SerÃa mucho más maravilloso, y en verdad mucho más desconcertante si, por un milagro, ambos caballeros coincidieran, declararan el libro de Blank una obra maestra indudable y asà nos plantearan la necesidad de decidir si respaldamos su sentencia con la cantidad de dieciséis peniques. Ambos son crÃticos reputados; esas opiniones vertidas tan espontáneamente se volverán tiesas y almidonadas hasta formar columnas de sobria prosa que sostendrán la dignidad de las letras en Inglaterra y América.