El lector comun
El lector comun Debe de ser, por tanto, algún cinismo innato, cierta desconfianza mezquina hacia el genio contemporáneo, lo que hace que automáticamente decidamos a medida que la conversación avanza que, si ellos se pusieran de acuerdo —y no dan muestras de hacerlo—, media guinea es una suma muy grande para despilfarrarla en entusiasmos contemporáneos, y asunto resuelto con un carnet para la biblioteca. Con todo, la pregunta sigue en pie, y vamos a planteársela con audacia a esos mismos crÃticos. ¿No hay una orientación hoy dÃa para un lector que no se postra ante nadie por reverencia hacia los muertos, pero al que le atormenta la sospecha de que la reverencia a los muertos está fundamentalmente conectada con la comprensión de los vivos? Tras una rápida panorámica ambos crÃticos coinciden en que desgraciadamente no existe tal persona. ¿Pues qué valor tiene su propio criterio cuando se trata de libros nuevos? Desde luego, no dieciséis peniques. Y del acervo de su experiencia pasan a extraer terribles ejemplos de pifias pasadas; delitos de la crÃtica que, de haberse cometido contra los muertos y no contra los vivos, les habrÃan costado su empleo y habrÃan hecho peligrar su reputación. El único consejo que pueden ofrecer es que respetemos nuestros propios instintos, que los sigamos sin temor y, mejor que someterlos al control de ningún crÃtico o recensor vivo, los pongamos a prueba leyendo y releyendo las obras maestras del pasado.