El lector comun
El lector comun Dándoles las gracias humildemente, no podemos evitar reflexionar que esto no fue siempre asÃ. Érase una vez, debemos creer, en que existió una regla, una disciplina, la cual controlaba la gran república de los lectores de un modo que hoy nos es desconocido. Eso no quiere decir que los grandes crÃticos —los Dryden, Johnson, Coleridge, Arnold— fueran impecables jueces de obras contemporáneas, cuyos veredictos sellaran el libro de un modo indeleble y ahorraran al lector la molestia de estimar su valor por sà mismo. Las equivocaciones de estos grandes hombres con sus propios coetáneos son demasiado notorias para que merezca la pena recordarlas. Pero el mero hecho de su existencia ejerció una influencia centralizadora. No resulta descabellado suponer que eso por sà solo habrÃa controlado las discrepancias de la sobremesa y concedido a la charla fortuita sobre algún libro recién publicado una autoridad que ahora se echa en falta. Las diversas escuelas habrÃan debatido tan acaloradamente como siempre, pero en la trastienda de la mente de cada lector habrÃa estado la conciencia de que habÃa al menos un hombre que mantenÃa bien a la vista los principios esenciales de la literatura, que si le hubiéramos llevado alguna excentricidad del momento, él la habrÃa puesto en contacto con lo permanente y con su propia autoridad la habrÃa dejado firmemente atada ante las oleadas contrarias del elogio y la condena.[*] Pero cuando se trata de la gestación de un crÃtico, la naturaleza debe ser generosa y la sociedad madura. Las aisladas sobremesas del mundo moderno, la caza y la vorágine de las varias corrientes que componen la sociedad de nuestro tiempo, solamente podrÃa dominarlas un gigante de dimensiones fabulosas. ¿Y dónde está exactamente ese hombre tan alto que tenemos derecho a esperar? Recensores tenemos, pero no un crÃtico; un millón de policÃas competentes e incorruptibles, pero no un juez. Hombres de buen gusto, eruditos y hábiles sermonean a los jóvenes y loan a los muertos constantemente. Pero el resultado demasiado frecuente de sus capaces y laboriosas plumas es que los tejidos vivos de la literatura se desecan hasta convertirse en un entramado de huesecillos. En ninguna parte encontraremos el vigor manifiesto de un Dryden, o a Keats con su porte fino y natural, su profunda intuición y cordura, o a Flaubert y la tremenda intensidad de su fanatismo, o a Coleridge, sobre todo, elaborando en su cabeza la totalidad de la poesÃa y dando salida de vez en cuando a una de esas profundas afirmaciones generales que atrapa la mente cuando está caldeada por la fricción de la lectura, como si fueran el alma del libro mismo.