El lector comun
El lector comun Nuestro optimismo, pues, es en gran parte instintivo. Brota de un dÃa hermoso y del vino y la conversación; brota del hecho de que, cuando la vida dispensa tales tesoros a diario, cuando a diario sugiere más de lo que lo más voluble puede expresar, por mucho que admiremos a los muertos preferimos la vida tal y como es. Hay algo en el presente que no trocarÃamos, aunque se nos ofreciera la posibilidad de elegir cualquier época pasada para vivir. Y la literatura moderna, con todas sus imperfecciones, ejerce sobre nosotros el mismo influjo y la misma fascinación. Es como un pariente al que desairamos y criticamos severamente a diario, pero de quien, después de todo, no podemos prescindir. Tiene la misma cualidad atrayente de ser eso que somos, eso que hemos creado, eso en lo que vivimos, en vez de ser algo, por augusto que sea, ajeno a nosotros y contemplado desde fuera. Ni tiene ninguna generación más necesidad que la nuestra de apreciar a sus coetáneos. Una brecha tremenda nos separa de nuestros predecesores. Un cambio en la escala —el deslizamiento repentino de unas masas retenidas en su sitio durante siglos— ha sacudido la estructura de arriba abajo, nos ha alienado del pasado y nos ha vuelto quizá demasiado vÃvidamente conscientes del presente. Cada dÃa nos encontramos haciendo, diciendo o pensando cosas que habrÃan sido imposibles para nuestros padres. Y notamos las diferencias que han pasado inadvertidas con mucha más intensidad que las semejanzas, que se han señalado a la perfección. Libros nuevos nos seducen para que los leamos en parte con la esperanza de que logren reflejar esta reorganización de nuestra actitud —estas escenas, pensamientos y agrupamientos aparentemente fortuitos de cosas incongruentes que repercuten en nosotros con un sentido tan agudo de la novedad— y, como hace la literatura, la devuelvan a nuestro cuidado, entera y comprendida. Aquà sà que se dan todas las razones para el optimismo. Ninguna época puede haber sido más rica que la nuestra en escritores decididos a dar expresión a las diferencias que los separan del pasado y no a las semejanzas que los conectan con él. SerÃa odioso dar nombres, pero hasta el lector más ocasional que hojeara poesÃa, narrativa o biografÃa, mal podrÃa evitar sentirse impresionado por el valor, la sinceridad; en una palabra, por la originalidad generalizada de nuestro tiempo. Pero nuestro júbilo se ve truncado de un modo extraño. Libro a libro nos deja con la misma sensación de promesa incumplida, de pobreza intelectual, de brillantez que ha sido arrebatada a la vida pero no transmutada en literatura. Mucho de lo mejor de las obras contemporáneas aparenta haber sido escrito bajo presión, en una triste taquigrafÃa que preserva con asombrosa brillantez los movimientos y expresiones de los personajes cuando cruzan el biombo. Pero el destello desaparece pronto, y nos queda una profunda insatisfacción. La irritación es tan aguda como intenso fue el placer.