El lector comun

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Después de todo, pues, hemos vuelto al principio, oscilando de un extremo a otro, entusiasmados en un momento dado y pesimistas al siguiente, incapaces de llegar a ninguna conclusión acerca de nuestros coetáneos. Hemos pedido a los críticos que nos ayuden, pero han menospreciado la tarea. Ahora, pues, es hora de aceptar su consejo y corregir estos extremos consultando las obras maestras del pasado. Nos sentimos en efecto atraídos hacia ellas, impelidos no por el calmo discernimiento, sino por alguna necesidad imperiosa de anclar nuestra inestabilidad en su seguridad. Pero, honestamente, la conmoción que causa la comparación entre el pasado y el presente es desconcertante al principio. Sin duda los grandes libros tienen algo de aburrido. Hay una tranquilidad imperturbable en las páginas de Wordsworth y Scott y la señorita Austen que es sedante hasta rozar la somnolencia. Se presentan oportunidades y las desaprovechan. Se acumulan matices y sutilezas y ellos los ignoran. Parece que rehúsan deliberadamente gratificar esos sentidos que los modernos estimulan tan vivamente; los sentidos de la vista, del sonido, del tacto —sobre todo el sentido del ser humano, su profundidad y la variedad de sus percepciones, su complejidad, su confusión, su yo, en una palabra. Hay poco de todo esto en las obras de Wordsworth y Scott y Jane Austen. ¿De dónde, pues, surge ese sentido de seguridad que nos deja gradual, deliciosa y completamente rendidos? Es el poder de su fe —de su convicción— el que se impone sobre nosotros. En Wordsworth, el poeta filosófico, esto es bastante obvio. Pero es igualmente cierto en el descuidado Scott, que garabateaba obras maestras para construir castillos antes del desayuno, y en la modesta dama soltera que escribía a hurtadillas y sin hacer ruido simplemente para agradar. En ambos se da la misma convicción natural de que la vida es de un determinado carácter. Tienen su propio criterio sobre la conducta. Conocen las relaciones de los seres humanos entre sí y con el universo. Quizá ninguno de los dos tiene ni una palabra que decir sobre ese asunto abiertamente, pero de eso depende todo. Que tan sólo tengan fe, nos encontramos diciendo, y lo demás vendrá por sí mismo. Que tan sólo tengan fe, por poner un ejemplo muy sencillo que trae a la mente la reciente publicación de Los Watson, en que una hermosa muchacha intentará calmar instintivamente los sentimientos de un muchacho al que han desairado en un baile, y después, si se lo creen implícita e incuestionablemente, no sólo harán que la gente sienta lo mismo cien años después, sino que harán que lo sientan como literatura. Pues una certeza de esa índole es la condición que hace posible escribir. Creer que tus impresiones son válidas para otros es emanciparse de la limitación y el confinamiento de la personalidad. Es ser libre, como fue libre Scott, para explorar con una energía que todavía nos mantiene embelesados todo el universo de la aventura y las novelas de caballerías. Es también el primer paso en ese misterioso proceso en el que Jane Austen fue tan experta. Una vez seleccionó el pequeño grano de la experiencia, creyó en él y lo depositó fuera de ella misma, este pudo ser colocado con precisión en su sitio, y ella fue entonces libre para transformarlo, por medio de un proceso que nunca revela sus secretos al analista, en esa afirmación absoluta que es la literatura.


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