El lector comun
El lector comun Asà pues, nuestros contemporáneos nos afligen porque han dejado de creer. El más sincero de ellos únicamente nos dirá qué es lo que le sucede a él. No pueden crear un mundo porque no están libres de otros seres humanos. No pueden contar historias porque no creen que las historias sean verdaderas. No pueden generalizar. Dependen de sus sentidos y emociones, cuyo testimonio es fidedigno, más que de sus intelectos, cuyo mensaje es oscuro. Y forzosamente han de privarse del uso de algunas de las más exquisitas y poderosas armas de su oficio. Con toda la riqueza de la lengua inglesa a sus espaldas ellos se pasan de mano en mano y de libro en libro sólo la más miserable calderilla. Dispuestos en un ángulo nuevo de la perspectiva eterna, sólo pueden sacar apresuradamente sus cuadernos y registrar con agónica intensidad los destellos fugaces —que quién sabe qué iluminan—, y los esplendores transitorios —que quizá no puedan componer nada en absoluto—. Pero aquà se interponen los crÃticos, y con cierto alarde de justicia.