El lector comun
El lector comun Si esta descripción es válida, dicen, y no depende enteramente, como bien podrÃa ser, de nuestro sitio a la mesa y de ciertas relaciones puramente personales con tarros de mostaza y floreros, entonces los riesgos de juzgar las obras contemporáneas son mayores que nunca. Tienen todo tipo de excusas si no dan en el blanco; y sin duda serÃa mejor retirarse, como aconsejara Matthew Arnold, de la tierra en llamas del presente a la segura tranquilidad del pasado. «Entramos en una tierra en llamas —escribió Matthew Arnold— cuando nos aproximamos a la poesÃa de tiempos tan cercanos a nosotros, poesÃa como la de Byron, Shelley y Wordsworth, cuyas valoraciones son tan a menudo no sólo personales, sino personales con pasión», y esto, nos recuerdan, fue escrito en el año 1880. Mucho cuidado, dicen, con poner en el microscopio un trocito de una franja de gran extensión; las cosas se arreglan solas si esperas; se recomienda moderación y un buen estudio de los clásicos. Además, la vida es corta; el centenario de Byron está muy cerca; y la cuestión candente del momento es: ¿se casó o no se casó con su hermana? En resumen, entonces —si es que es posible llegar a una conclusión cuando todo el mundo está hablando al mismo tiempo y es hora de irse—, parece que lo prudente por parte de los escritores del presente serÃa renunciar a la esperanza de crear obras maestras. Sus poemas, piezas teatrales, biografÃas, novelas no son libros, sino cuadernos, y el tiempo, como un buen maestro de escuela, los tomará a su cuidado, señalará sus tachones y sus garabatos y sus borraduras, y se ensañará con ellos; pero no los tirará a la papelera. Los conservará porque otros estudiantes los encontrarán muy útiles. De estos cuadernos del presente es de donde se crean las obras maestras del futuro. La literatura, como los crÃticos decÃan hace un momento, ha durado mucho tiempo, ha sufrido muchos cambios, y sólo una mirada miope y una mente estrecha pueden exagerar la importancia de esos vendavales, por mucho que agiten las barquitas que ahora zozobran en el mar. La tormenta y el remojón están en la superficie; la continuidad y la calma en las profundidades.