El lector comun
El lector comun En cuanto a los crÃticos cuya tarea es dictaminar sobre los libros de hoy, cuyo trabajo, admitámoslo, es difÃcil, peligroso y a menudo lleno de sinsabores, pidámosles que sean generosos dando aliento, pero parcos en coronas y festones que son tan propensos a torcerse, y ajarse, y hacer que sus portadores al cabo de seis meses parezcan un poco ridÃculos. Dejémosles que adopten una perspectiva más amplia, menos personal de la literatura moderna, y que miren realmente a los escritores como si tuvieran entre manos un inmenso edificio en el que, aunque se construye con el esfuerzo común, los trabajadores individualmente bien pueden permanecer anónimos. Dejémosles dar un portazo ante esa compañÃa acogedora, donde el azúcar es barato y la mantequilla abundante; que acaben, por una vez al menos, de discutir ese fascinante tema —si Byron se casó con su hermana— y, retirándose acaso un palmo de la mesa a la que estamos sentados charlando, que digan algo interesante sobre la literatura misma. Agarrémoslos al salir y traigámosles a la memoria a esa enjuta aristócrata, lady Hester Stanhope, que guardaba en su establo un caballo blanco como la leche preparado para el MesÃas y se pasó la vida oteando las cumbres de las montañas, impacientemente pero con confianza, en busca de signos de su venida, y pidámosles que sigan su ejemplo; que oteen el horizonte; que vean el pasado en relación con el futuro; y preparen asà el camino para las obras maestras venideras.