El viejo Bloomsbury y otros ensayos

El viejo Bloomsbury y otros ensayos

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Pero es la casa lo que les pido ahora que imaginen por un momento porque, si bien Hyde Park Gate parece hoy muy distante de Bloomsbury, su sombra cae sobre éste. El 46 de Gordon Square jamás habría significado lo que significó de no haberlo precedido el 22 de Hyde Park Gate. Era una casa de innumerables habitacioncitas de forma peculiar, construida para que en ella se acomodaran no una sino tres familias. Porque aparte de los tres Duckworth y los cuatro Stephen se encontraba también la nieta de Thackeray, una chica de ojos vacíos cuya idiocia era más obvia día a día, quien apenas sabía leer, quien lanzaba las tijeras al fuego, quien tenía atada la lengua y tartamudeaba y sin embargo se veía obligada a sentarse a la mesa con el resto. Para cobijarnos a todos, ahora se agregaba un piso en lo alto o después un comedor era derribado en la parte baja. Mi madre, creo, era quien esbozaba en una hoja de cuaderno lo que necesitaba, para ahorrarse el salario del arquitecto. Las tres familias habían derramado todas sus posesiones por el interior de esta casa. Cuando se hurgaba en los muchos aparadores y armarios oscuros, nunca se sabía lo que iba a desenterrarse, si la peluca de abogado de Herbert Duckworth, el cuello de sacerdote de mi padre o una hoja cubierta con los dibujos de Thackeray, que más tarde vendimos por una buena suma de dinero a Pierpont Morgan. Docenas de cajas negras llenas de cartas antiguas. Se las abría para recibir el terrífico hálito del pasado. Había cofres con pesadas vajillas. Había verdaderos tesoros de porcelana y de vidrio. Habitaban allí once personas entre los ocho y los sesenta de edad, atendidas por siete sirvientes, mientras que de día varias ancianas y hombres impedidos cumplían diversas tareas con rastrillos y cubetas.


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