El viejo Bloomsbury y otros ensayos
El viejo Bloomsbury y otros ensayos Pero la fuerza de Defoe sobre nuestra admiración no descansa en el hecho de que pueda demostrar el haber anticipado algunos de los puntos de vista de Meredith, o el haber escrito escenas que (viene a mente la curiosa sugerencia) Ibsen pudo transformar en obras de teatro. Sean cuales fueren sus ideas sobre la situación de las mujeres, son el resultado incidental de su virtud primordial: dedicarse al ángulo importante y perdurable de las cosas y no a lo pasajero y trivial. A menudo es aburrido. Puede imitar la precisión concreta de un científico viajero, hasta hacernos preguntarnos cómo pudo su pluma trazar o su cerebro concebir lo que ni siquiera la excusa de ser la verdad suaviza en su aridez. Deja fuera toda la naturaleza vegetal y una buena parte de la naturaleza humana. Bien podemos admitir esto, aunque debemos admitir defectos igual de graves en muchos escritores a quienes llamamos grandes. Pero eso no disminuye el mérito peculiar de lo restante. Habiendo limitado desde el principio mismo su campo de acción y limitado sus ambiciones, logra una verdad de percepción mucho más rara y mucho más perdurable que esa verdad de los hechos que declaraba como su meta. Moll Flanders y sus amigos se recomendaron con él no porque fueran, digamos, "pintorescos"; tampoco, como él afirma, porque fueran ejemplos de un vivir perverso del que sacaría provecho el público. Le despertó el interés la veracidad natural de esos personajes, sembrada en ellos por una vida de penalidades. Para ellos no había excusas; ningún refugio amable oscurecía sus motivos. La pobreza era su capataz. Defoe no pronunció sobre sus fragilidades sino un juicio de boca para afuera. Por otro lado, su valor, su ingenio y su tenacidad lo deleitaban. Encontró su compañía llena de buenas charlas, de historias placenteras, de fe mutua y de una moralidad de origen hogareño. Sus fortunas tenían esa variedad infinita que él alababa y saboreaba y contemplaba con admiración en la vida propia. Pero sobre todo, esos hombres y esas mujeres eran libres de hablar con franqueza de las pasiones y los deseos que han movido a hombres y mujeres desde los orígenes del tiempo y, por tanto, incluso hoy día mantienen su vitalidad sin merma. Hay dignidad en todo aquello que se mira de frente. Incluso el tema sórdido del dinero, que tiene un papel tan considerable en sus historias, pasa de sórdido a trágico cuando no representa la tranquilidad y la importancia sino el honor, la honestidad y la vida misma. Pudiera objetarse que Defoe es repetitivo, pero jamás que lo absorban cuestiones mezquinas.