El viejo Bloomsbury y otros ensayos
El viejo Bloomsbury y otros ensayos A decir verdad, lustre e ilusión tiñeron a Bloomsbury en esos últimos años antes de la guerra. No éramos tan austeros; no éramos tan exaltados. Hubo peleas e intrigas. Ottoline era acaso una Medusa, pero no era una Medusa pasiva. Poseía el gran don de apocar a la gente. Se dice que incluso a Middleton Murry lo hundió entre los vegetales de Garsington. Y para entonces lejos estábamos de ser monótonos. Las veladas de los jueves, con sus silencios y sus discusiones, eran cosa del pasado. Tomaron su lugar reuniones de tipo muy diferente. El movimiento posimpresionista había lanzado sobre nosotros no su sombra, sino su haz de luces variadas. Comprábamos flores de nochebuena hechas de felpa escarlata: nos cosíamos vestidos de ese algodón estampado tan amado por los negros; nos vestíamos como cuadros de Gauguin y paseábamos alrededor de Crosby Hall. La señora Whitehead se escandalizaba. Decía que Vanessa y yo íbamos prácticamente desnudas. Violet Dickinson invocó una vez más el espíritu de mi madre, para deplorar que alquilara yo casa en Brunswick Square, pidiendo a jóvenes que la compartieran conmigo. George Duckworth vino desde la calle Charles para rogarle a Vanessa que me hiciera renunciar a la idea, y tal vez no se sintió consolado cuando ella respondió que, después de todo, el hospital Foundling no quedaba lejos. Comenzaron a circular historias sobre reuniones en las que todos nosotros nos desnudábamos en público. Logan Pearsall Smith dijo a Ethel Sands que sabía de primera mano que Maynard había copulado con Vanessa en un sofá, en medio de la sala. Se trataba de una sociedad cruel, inmoral y cínica, se decía; éramos mujeres relajadas y nuestros amigos jóvenes de lo más indigno.