Entre actos
Entre actos Era primera hora de la mañana. En la hierba había rocío. El reloj de la iglesia dio las ocho. La señora Swithin descorrió las cortinas de su dormitorio, las blancas cortinas de cretona que, desde fuera, matizaban tan agradablemente la ventana con su forro verde. De pie, con el cordón en sus viejas manos, daba tirones para abrir las cortinas: la hermana casada del viejo señor Oliver, ahora viuda. Siempre había deseado su propia casa; quizá en Kensington, quizá en Kew, para sacar provecho del huerto. Pero permaneció allí todo el verano y, cuando el invierno lloró en los cristales y atoró con hojas muertas los desagües, la señora Swithin preguntó: «Bart, ¿por qué construyeron la casa en la hondonada, mirando al norte?». Su hermano contestó: «Evidentemente para escapar a la naturaleza. ¿Acaso no sabes que, para arrastrar por el barro el coche familiar, hacía falta enganchar cuatro caballos?». Después su hermano le contó la famosa historia de aquel gran invierno del siglo XVIII, cuando durante un mes entero la nieve dejó aislada la casa. Y los árboles cayeron. Por eso, cuando llegaba el invierno, la señora Swithin se retiraba a Hastings.