Entre actos
Entre actos Pero ahora era verano. Los pájaros la habían despertado. ¡Cómo cantaban! Atacando el alba como otros tantos niños de un coro atacan un pastel helado. Forzada a escuchar, había cogido su lectura favorita —un Resumen de historia—, y había pasado de tres a cinco horas pensando en bosques de rododendros en Piccadilly; cuando todo el continente estaba entero, y no, según ella, dividido por un canal; poblado, según entendía ella, de monstruos con cuerpo de elefante, cuello de foca, que jadeaban, embestían, se retorcían lentamente y, suponía, ladraban; el iguanadón, el mamut y el mastodonte, de los que cabe presumir, pensó mientras abría la ventana, descendemos.
Tardó cinco segundos de reloj, pero mucho más en su cabeza, en distinguir a Grace, con la porcelana azul en la bandeja, del monstruo con piel de cuero que, lanzando gruñidos, se disponía, en el momento en que la puerta se abrió, a derribar un árbol en la verde y furiosa maleza del bosque antediluviano. Por supuesto, la señora Swithin se sobresaltó, mientras Grace dejaba la bandeja y decía:
—Buenos días, señora.
«Está loca», se dijo Grace, sintiendo en la cara aquella mirada, dirigida en parte a una bestia de las tierras pantanosas, en parte a una doncella con vestido estampado y delantal blanco.