Entre actos

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Pero George se quedó boquiabierto. George se quedó quieto con la boca abierta. Entonces, el señor Oliver estrujó el periódico que antes había enrollado en forma de trompa y se dejó ver. Era un anciano muy alto, con ojos brillantes, mejillas surcadas de arrugas y sin un pelo en la cabeza. Se volvió.

—¡Siéntate! —aulló—. ¡Siéntate, bestia!

Y George se volvió hacia allí; y las niñeras se volvieron hacia allí, con el oso de peluche en la mano; todos miraban a Sohrab, el perro afgano, que saltaba y trotaba entre las flores.

—¡Siéntate! —aulló el anciano.

Y lo dijo como si diera la orden a un regimiento. A las niñeras les impresionaba que aquel viejales pudiera aún aullar de aquel modo y conseguir que el animal le obedeciera. Y el perro afgano acudió, con la cabeza gacha, disculpándose. Y se sentó a los pies del viejo, que le pasó un cordel por el collar, el nudo corredizo que el viejo Oliver llevaba siempre consigo.

—Mala bestia… bestia salvaje —gruñó, encorvado.

George solo miraba al perro. Los flancos cubiertos de pelo se contraían y se dilataban, había un rastro de espuma en los orificios del morro. George se echó a llorar.


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