Entre actos

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El niño de corta edad se había rezagado y jugaba en la hierba. Entonces la niña, Caro, sacó el puño del embozo, y el oso de peluche cayó al suelo. Amy tuvo que inclinarse. George arrancaba las hojas de una flor. La flor resplandecía entre los ángulos que formaban las raíces. Pétalo tras pétalo fue cayendo. Resplandecía un suave amarillo, una luz radiante bajo una capa de terciopelo; llenaba de luz las cavernas situadas detrás de los ojos. Todas aquellas tinieblas interiores se transformaban en una estancia de luz amarilla, con olor a hojas y a tierra. El árbol estaba detrás de la flor; musgo, flor y árbol constituían un todo. De rodillas, el niño sostenía la flor. Entonces, un rugido, un ardiente aliento y un torrente de áspero pelo gris se interpusieron entre el niño y la flor. El niño se levantó de un salto, perdiendo el equilibrio del susto, y vio avanzar hacia él un terrible monstruo, con trompa y sin ojos, que movía las piernas y agitaba los brazos.

A través de una trompeta formada con un periódico, una voz hueca tronó, dirigiéndose al niño:

—Buenos días, caballero.

El anciano se había abalanzado sobre el niño, desde su escondrijo detrás de un árbol. Mabel empujó al niño hacia el anciano, ordenándole:

—Di buenos días, George. Di buenos días, abuelo.


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