Entre actos
Entre actos Era una lástima que el constructor de Pointz Hall hubiera construido la casa en una hondonada, cuando, detrás del jardín y del huerto, había aquella extensión de tierra alta. La naturaleza había ofrecido un lugar donde edificar una casa; y el hombre había construido la casa en una hondonada. La naturaleza había ofrecido una extensión de tierra cubierta de hierba, de una anchura de unos ochocientos metros y llana, hasta que bruscamente descendía hacia el estanque de los nenúfares. La terraza tenía la anchura suficiente para dar cabida a la sombra de uno de los grandes árboles tendido en el suelo. Allí se podía pasear arriba y abajo, arriba y abajo, bajo la sombra de los árboles. Crecían de dos en dos o de tres en tres, dejando huecos entre sí. Sus raíces asomaban entre la hierba, y entre aquellos huesos había verdes cascadas y almohadones de musgo, donde crecían las violetas en primavera, o, en verano, las orquídeas silvestres púrpura.
Amy contaba algo sobre un chico, cuando Mabel, con la mano en el cochecito, y después de haberse tragado el caramelo, dio media vuelta bruscamente:
—Deja de hacer el tonto —dijo con sequedad—. Ven, George.