Entre actos
Entre actos La palabra que rimaba era «paciente». Dejó el cepillo. Cogió el teléfono.
—Tres, cuatro, ocho, Pyecombe —dijo—. Soy la señora Oliver. ¿Qué pescado tienen esta mañana? ¿Bacalao? ¿Lubina? ¿Lenguado? ¿Platija? —murmuró—: Allá, para perder lo que aquà nos ata. —Y, en voz alta, dijo—: Lenguado. Filetes de lenguado. SÃ, para el almuerzo. —Siguió en un murmullo—: Con una pluma, una pluma azul volando en el aire asciende y, paciente, se esconde… hasta allá, para perder lo que aquà nos ata…
No valÃa la pena escribir esas palabras en el libro secreto con aspecto de libro de contabilidad, no fuera que Giles comenzase a sospechar algo. «Frustrada», esa era la palabra que expresaba su manera de ser. Nunca salÃa de una tienda, por ejemplo, con la ropa que le gustaba; tampoco le gustaba su figura vista contra el oscuro rollo de tela en los escaparates de las tiendas. Ancha de cintura, de miembros recios, y, salvo en lo referente a su cabello, corto de acuerdo con la moda moderna, en nada se parecÃa a Safo, o a ninguno de los hermosos muchachos cuyas fotografÃas adornaban las páginas de los semanarios. ParecÃa lo que era: la hija de sir Richard; y la sobrina de las dos viejas señoras de Wimbledon que tan orgullosas estaban de ser O’Neil, de descender de los reyes de Irlanda.