Entre actos

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Golpeó la ventana con su repujado cepillo para el pelo. Estaban demasiado lejos para oírla. El murmullo de los árboles sonaba en sus oídos; el canto de los pájaros; otros incidentes de la vida del jardín, invisibles e inaudibles para ella desde el dormitorio, absorbían su atención. Aislados en una isla verde, rodeada de blancas campanillas, cubierta con un manto de seda cruda, la inocente isla flotaba bajo su ventana. Solo George iba rezagado.

Volvió la vista al espejo. «Enamorada» tenía que estar, pues la presencia del cuerpo de aquel hombre en la estancia, la noche anterior, la había afectado, pues las palabras que dijo, al ofrecerle una taza de té, al ofrecerle una raqueta de tenis, quedaron tan arraigadas en algún lugar de su ser; y así mediaban entre ellos, como un alambre tembloroso, tenso, vibrante —a tientas buscó en las profundidades del espejo una palabra adecuada a las infinitamente rápidas vibraciones de la hélice del avión que una vez vio, al alba, en Croydon—. Más deprisa, y más y más y más, zumbaba, silbaba y gemía hasta que todos los temblores formaron un solo temblar, y se alzó el avión, alejándose más y más y más…

—No sabemos hacia dónde, hacia dónde no vamos, tampoco sabemos si nos importa —murmuró—. Volando, cruzando la atmósfera incandescente, del verano saliente…


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